sábado, 7 de diciembre de 2013

Una tragedia de dos peniques (Chesterton)

Ensayo de G.K. Chesterton, publicado en Enormes minucias (Austral 1946) en traducción de Rafael Calleja:

Mi relación con los lectores de esta página ha sido larga y agradable, pero quizá por eso mismo pienso que ha llegado el momento de confesar el único gran delito de mi vida. Ocurrió hace mucho tiempo; pero no es infrecuente que un ataque de remordimiento tardío revele negros episodios de esa índole mucho después de que hayan sucedido. Nada que ver con las orgías de la Liga Antipuritana. Esa corporación es de tal modo ofensivamente respetable, que un periódico al describirla el otro día se refirió a mi amigo Mr. Edgar Jepson bajo la denominación de «Canónigo Edgar Jepson», y parece ser que a cada uno de nosotros se nos aplican títulos similares. No, no es por la conducta del arzobispo Crane, o del deán Chesterton, o del reverendo James Douglas, o de monseñor Bland, ni aun de ese exquisito y viril viejo eclesiástico: el cardenal Nesbit; no es por eso por lo que deseo (o más bien me siento impulsado por la conciencia) hacer esta declaración. El crimen fue cometido a solas, sin cómplices. Fue cosa exclusivamente mía. Permítaseme que, obedeciendo a esa ansia característica de los penitentes de comenzar su confesión por su lado más negro, la reproduzca en su forma más espantosa e inexplicable. Existe en una ciudad de Alemania (a menos que haya muerto de rabia al descubrir su equivocación) un dueño de restaurante al que debo aún dos peniques. Salí definitivamente de su restaurante al aire libre con perfecta conciencia de que le debía dos peniques. Me marché delante de sus narices decididamente hebreas. No le pagué y es sumamente improbable que nunca le pague. ¿Cómo pudo ocurrir esta villanía en una vida que, en términos generales, casi ha carecido de la destreza necesaria para el fraude? La cosa fue como voy a decir, y la historia tiene moraleja, aunque puede no haber lugar a ello.

Los que viajan por el continente pueden adoptar como regla general aceptable que el modo más facil de hablar un idioma extranjero es hablar de filosofía. Lo más difícil de hablar es hablar acerca de necesidades corrientes. La razón es obvia. El nombre de las necesidades corrientes varía completamente de una nación a otra, y en general son nombres un tanto raros y rebuscados. ¿Cómo podría un francés, por ejemplo, suponer que una carbonera puede llamarse scuttle? ¿Qué inglés, hallándose en Alemania, se sentiría suficientemente poeta para adivinar que los alemanes llaman al guante «zapato de las manos»? Las naciones llaman, por decirlo así, a sus necesidades con apodos. Llaman a sus tinas y a sus taburetes con nombres afectivos y sorprendentes, como si se tratase de sus propios hijos. Pero si se trata de cosas abstractas, cualquiera puede hablar de ellas en un idioma extranjero por poco aprovechado que haya sido en sus estudios. Porque apenas llega a lograr construir una frase, halla que las palabras que se usan en una discusión abstracta y filosófica son en todos los países casi las mismas. Y lo son por la razón sencilla de que todas ellas proceden de las cosas que han sido raíces de nuestra común civilización. Del Cristianismo, del Imperio romano, de la Iglesia medieval o de la Revolución francesa. «Nación», «ciudadano», «religión», «filosofía», «autoridad», «República», palabras de este tipo son casi iguales en todos los países en que viajamos. Contenga, por consiguiente, el lector su admiración exuberante por el joven que puede discutir con seis ateos franceses apenas desembarca en Dieppe. Eso hasta yo mismo puedo hacerlo. Pero es sumamente probable que el mismo joven no sepa cómo se dice en francés «calzador para los zapatos». Pero esta generalización tiene tres grandes excepciones. Primera: El caso de los países que no son europeos en absoluto y que nunca han tenido nuestros mismos conceptos cívicos o que carecen de conocimientos del viejo latín. No pretendo que salte al punto de la imaginación la frase que utilizan los patagones para designar la «ciudadanía» ni que haya sido familiar para mí desde la cuna la palabra que se emplea en determinada isla del archipiélago malayo para el concepto «República». Segunda: El caso de Alemania, donde, aunque el principio es aplicable a muchas palabras, tales como «nación» y «filosofía», no se aplica de modo tan general, porque Alemania ha mantenido una especial y deliberada política de estimular la parte puramente germánica de su lengua. Tercera: El caso en que uno no sabe ni una palabra acerca del lenguaje, como en términos generales me ocurre a mí.

Por lo menos tal era mi situación en aquel tenebroso día en que cometí mi delito. Combinábanse dos de las circunstancias excepcionales que acabo de mencionar. Estaba paseándome en una ciudad alemana y yo no sé nada de alemán. Sabía, sin embargo, dos o tres de esas grandes y solemnes palabras, vínculo que mantiene unida nuestra civilización europea, y una de las cuales es «cigarro». Como era un día caluroso y soñoliento, me senté ante una mesa en una especie de cervecería-jardín y pedí un cigarro y cerveza. Me bebí la cerveza y la pagué. Me fumé el cigarro, se me olvidó pagarlo y volví a mi paseo, durante el que contemplé en éxtasis la majestuosa silueta de las montañas del Taunus. Cosa de diez minutos después recordé, de pronto, que no había pagado el cigarro. Volví al lugar en cuestión y sacando el dinero lo puse sobre el mostrador. Pero el propietario se había olvidado también del cigarro y se limitó a pronunciar unos sonidos guturales con tono interrogante, supongo que preguntándome lo que deseaba. Dije «cigarro», y él me dio un cigarro. Me esforcé señalando el dinero y descartando el cigarro con ademanes de rehusarlo. Él pensó que estos ademanes representaban una condenación de aquel concreto cigarro y me trajo otro. Yo agité los brazos como un molino de viento, tratando de abarcar con la amplitud de mi gesto que mi repulsa era una repulsa de los cigarros en general y no de aquel cigarro aislado. Él interpretó erróneamente mis aspavientos como representativos de la impaciencia corriente de los hombres vulgares y se precipitó hacia mí con las manos llenas de multitud de cigarros diversos que me ofrecía con insistencia. A la desesperada ensayé otras clases de pantomima; pero mientras más cigarros rehusaba yo, más y más cigarros me sacaba, más raros y preciosos los extraía de las profundidades y recovecos de su establecimiento. Traté en vano de hallar un medio de inculcar a aquel hombre el hecho de que yo había ya recibido el cigarro. Imité el acto de un ciudadano fumando, dejando de hacerlo y tirando el cigarro. El propietario me observaba con cien ojos, pero se limitó a suponer que yo estaba ensayando (como un éxtasis de anticipación) las delicias del cigarro que él iba a darme. Por último, me marché convencido y contrariado de la inutilidad de mis esfuerzos: era inútil intentar que cogiese el dinero y que dejase a los cigarros en paz. Y así, aquel dueño de restaurante (en cuya faz relumbraba el amor del dinero como brilla el sol a mediodía) rotunda y firmemente rehusó recibir dos peniques que yo le debía sin duda alguna; y yo tomé aquellos dos peniques, que eran suyos, y los dediqué durante meses a la francachela. Espero que en el día final los ángeles aportarán suavemente la verdad a aquel hombre desventurado.

Ésta es la verdadera y exacta narración del gran fraude del cigarro; y la moraleja es...

Chesterton halló lugar para dar su moraleja, pero nosotros la omitimos, en atención al principio de que si una enseñanza no está contenida en el apólogo de nada sirve andar explicitándola después.

domingo, 20 de mayo de 2012

"Caliginoso lecho..."

Cito de Dámaso Alonso, "Monstruosidad y belleza en el Polifemo de Góngora", en Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos (4ª ed., Gredos 1962), págs. 326-7:

     Caliginoso lecho, el seno oscuro
     ser de la negra noche nos lo enseña
     infame turba de nocturnas aves,
     gimiendo tristes y volando graves.

La imagen inmediata que estos versos nos dejan es la de una densa lobreguez. Analicemos esta sensación y sus causas.

Evidentemente, el poeta ha acumulado aquí adjetivos que expresan oscuridad:

     Caliginoso lecho, el seno oscuro
     ser de la negra noche nos lo enseña
     infame turba de nocturnas aves...

Tres adjetivos, "oscuro", "negra", "nocturnas", uno por verso, nos indican que el poeta ha sentido una necesidad de reiterar, de acumular oscuridades: son tres objetos, cada uno contenido dentro del anterior; todos, de negror absoluto: el "oscuro" hueco de la gruta; la "negra" noche que lo llena; las "nocturnas" aves que vuelan dentro de esa noche. No le ha bastado aún al poeta. Agotados casi los recursos de la lengua en adjetivos de lo oscuro, ha echado mano de otro más alejado (casi puro latín): "caliginoso". "Caliginoso" tiene exacto sentido para el lingüista; pero, para el lector, sin una idea exacta de su significado, representa un misterioso valor alusivo, ahí, en el umbral de la tenebrosa descripción. Nos es evidente, pues, desde ahora mismo, que el problema de los cultismos (tan característicos de la poesía gongorina) ha sido mal planteado. El cultismo latinizante puede, en ocasiones, ser intensamente expresivo. La elección de "caliginoso", situado en el umbral mismo del pasaje, ha sido extraordinario acierto: de él irradia como un denso misterio que se propaga a los versos siguientes. La extensión de la palabra (sus cuatro sílabas) realza aún esta impresión. Compárense los dos adjetivos inicial y final del verso

     caliginoso lecho, el seno oscuro.

Un rico matiz expresivo carga del lado inicial: "caliginoso" para el hombre moderno tiene un sentido vacilante: hay a lo largo del endecasílabo como una afluencia de dudosa oscuridad que el adjetivo final asegura. El cultismo da trasfondo, le da una nueva dimensión al verso.

Ahora bien, pregunto yo, ¿será verdad? En otras palabras, Dámaso Alonso sostiene que la oscuridad que el uso del cultismo "caliginoso" arroja sobre el sentido del verso, independientemente de su significado (o mejor, a causa de la opacidad de este significado), se conjugaría de un modo misterioso con la oscuridad de la imagen que presenta el poema en este punto [1]. La oscuridad de la gruta transmite temor e incertidumbre, porque no se sabe qué engendros pueden brotar de ella, preludiados por la "turba de nocturnas aves"; algo de esa incertidumbre está desde el inicio en la elección del adjetivo. ¿Llega a tanto el arte del autor, como para realizar este violento enlace entre (des)conocimiento del léxico y sentido, recurriendo a la ignorancia del lector para provocar el efecto deseado? "¿Qué poeta era este Góngora?" (pág. 331).

Se sabe que Góngora y en general la escuela poética que representa dio un lugar importante en su arte a la especial preparación y esfuerzo de sus lectores para percibir y comprender sentidos no accesibles al ignorante, al apurado o al perezoso y superficial; una característica que fue riqueza para sus partidarios y afectación para sus detractores. Es un voto de confianza (a veces excesiva) puesto en la "competencia" del lector para desentrañar el sentido, abriéndose camino por complejidades sintácticas y por un vocabulario sembrado de cultismos y neologismos. Ambas cosas son evidentes en los cuatro versos mencionados. Este es el marco general en que hay que comenzar a entender el uso del cultismo.

Por otra parte, Dámaso Alonso dedicó el estudio de donde proviene la cita a mostrar el efecto sutil y generalmente inconsciente de multitud de artificios (sonoros y rítmicos además de léxicos y sintácticos) en la lectura del Polifemo. El libro en que está incluido el estudio es en realidad una colección de trabajos en que aplica su idea guía, a saber: que en un texto poético la relación entre significante y significado se establece de manera distinta de la postulada por F. de Saussure, porque (bien que en algunos poetas más que en otros) el significante realiza potencialidades expresivas que dejan muy atrás la arbitrariedad. [2]

Sus argumentos, especialmente los relacionados con aspectos fonéticos y rítmicos, son extremadamente convincentes, no sólo por el rigor con que demuestra cada caso sino sobre todo por la consistencia de los análisis particulares en visión de conjunto, que aleja la posibilidad de la coincidencia afortunada. Ante tales testimonios, una y otra vez se pregunta si lo que tiene lugar en la creación gongorina es "traducción virginal -delicadísimo registrador inconsciente- de impulsos exteriores", o "deliberado y sabio propósito, 'virtuosismo' de genial intérprete" (p. 331).

Pero de todas las (a veces sorprendentes) intuiciones que tiene D. Alonso ante el texto gongorino ninguna me parece más arriesgada que la del valor de "caliginoso" en su contexto. Si está en lo cierto, hay que reconocer que la osadía del artificio excede la de toda otra creación literaria conocida; palidecerán los vanguardistas con sus fórmulas mecánicas; y nada de ese calibre se ha visto desde la invención de la metáfora y la mentira. Sin embargo, también es posible que Dámaso Alonso se haya dejado llevar simplemente en esta ocasión por su imaginación y su pasión gongorina.

En el estudio citado Alonso propone vagamente que el adjetivo le fue sugerido a Góngora por su lectura de poetas latinos [3], pero en Góngora y el Polifemo (7ª ed., Gredos 1985) p. 583 encuentra más probable que el recuerdo inmediato sea Ariosto, Orlando Furioso XXXIII.128:

     All'infernal caliginosa buca
     ch'apre la strada a chi abandona il lume,
     finì l'orribil suon l'inclito duca,
     e fe' raccorre al suo destrier le piume.

De más está decir que encontrar la fuente exacta del texto de Góngora, si existe, nos ayudaría poco y nada para interpretar y apreciar el recurso. Este pertenece en todo caso a la poética culta original del poeta cordobés, o no alcanzan a explicarlo veinte Orlandos por más furiosos que vengan.

Todavía podemos dar una vuelta de tuerca al argumento. La propuesta de Dámaso Alonso exige por parte del lector ignorancia o al menos incertidumbre sobre el sentido de "caliginoso". ¿Qué sucede, entonces, con el lector culto que ha frecuentado a los poetas latinos y a Ariosto, y para quien este adjetivo no guarda secretos? Al fin y al cabo, la palabra ya había sido usada en castellano por Enrique de Villena, Juan de Mena, Fr. Bartolomé de las Casas, Juan Rufo, el Conde de Villamediana, Juan de la Cueva, Lope de Vega, Cervantes o Juan Ruiz de Alarcón, por citar a algunos famosos. ¿Le está negado al lector culto el raro placer estético de esa forma de oscuridad en el verso? Acaso le está reservado otro de tipo más intelectual: tal vez, consciente de su propia cultura, advierte que el vulgo se enfrentará con una oscuridad léxica que en última instancia enriquecerá su experiencia del poema, y es por lo tanto capaz (el lector culto) de obtener ese placer indirectamente. Es enrevesado y suena improbable... pero es exactamente lo que ha hecho Alonso, de quien no podemos dudar que ha gozado inmensamente con cada verso y artificio del Polifemo, incluido este.

Cerremos con una última lectura de la estrofa completa. Luego de esta confusa disquisición, ¿es posible todavía evaluar si existe el artificio poético que hemos tratado de explicar?

     Guarnición tosca de este escollo duro
     troncos robustos son, a cuya greña
     menos luz debe, menos aire puro
     la caverna profunda, que a la peña:
     Caliginoso lecho, el seno oscuro
     ser de la negra noche nos lo enseña
     infame turba de nocturnas aves,
     gimiendo tristes y volando graves.

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[1] Se trata de parte de la descripción de la cueva de Polifemo. Aquí se puede leer la Fábula de Polifemo Y Galatea completa en la edición de la Biblioteca Virtual Cervantes.


[2] Se apoya en É. Benveniste, "Naturaleza del signo lingüístico" (1939, disponible en castellano en Problemas de lingüística general I, Siglo XXI, págs. 49-55), aunque la argumentación es muy distinta. Si yo fuera Saussure, a D. Alonso le hubiese respondido: "Pero yo al postular la arbitrariedad estaba hablando del signo en el sistema de la lengua, mientras que usted me viene con ejemplos tomados del habla (los textos poéticos)". Pero, como el lector atento podrá observar, yo no soy F. de Saussure.


[3] Como la caligine caeca del humo que vomita Caco para ocultarse a los ojos de Hércules en Eneida VIII.253. La cueva de Caco tiene varias similitudes con la de este Polifemo, pero eso no quiere decir nada: todas las cuevas donde habitan monstruos literarios se parecen. El decorado interior en esos casos es parte de la job specification ("puesto que la maldad del ogro así lo requiere", J.R.R. Tolkien, MC 184).

jueves, 1 de septiembre de 2011

El único defecto que tiene el lenguaje

En 1870 el poeta argentino Estanislao del Campo (1834-1880) publicó la primera edición de sus Poesías, que incluía entre otras cosas su famoso Fausto criollo, que data de 1866. El tomo recibió de inmediato una atención extraordinaria de la crítica local. A continuación citamos algunos pasajes de la reseña que hizo el médico y también escritor Eduardo Wilde (1844-1913) en la Revista Arjentina de mayo de 1870. Mantenemos la ortografía del original.

Dejemos por un momento los enfermos del cuerpo que un enfermo del alma viene á nuestra puerta.

Los poetas todos que llenan de armonias dulcísimas el mundo de las ideas, tienen indudablemente algo de mas ó algo de menos que los otros hombres. La poesia es una enfermedad de la intelijencia, un estado anormal del pensamiento, pero tiene, como lo fantástico, la belleza de las iluciones y la utilidad del lujo.

No es lo natural por cierto espresar las ideas en poesia; la imajinacion que crea esas espresiones tiene que esforzarse en recortar pensamientos, en remendar ideas, en alargar conceptos ó cercenar juicios.

La poesia resulta de los juegos y combinaciones de palabras, como las composiciones en las imprentas de la eleccion de los tipos.

Lo natural es que se piense en prosa, pero la prosa torturada, añadida, estirada, sorprendida, trastornada, revuelta y desglosada, puede dar lugar á la poesia.

Para ser poeta es necesario conseguir espresar con la mayor dificultad posible, exactamente todo aquello que no se tiene la intencion de decir.

La poesia es pues la manera de presentar siempre ó casi siempre pensamientos contra hechos. Es el modo de espresar mal una mínima parte de un todo que se pudiera haber dicho perfectamente bien.

Un amigo mio cada vez que lee un verso admisible y que contiene alguna idea, esclama «¡que lástima que este verso no esté en prosa!»

Para un verso que sale espontaneamente hay mil que han sufrido todas las torturas imajinables.

Cuando veo hacer versos me imajino asistir á la fabricacion del alambre; allí el lenguaje pasa por una hilera finísima donde el pobre deja su pellejo.

La poesia resulta de la tortura del pensamiento en una cárcel de palabras.

La espontaneidad en la poesia es rarisima, y los poetas de nacimiento tienen á mi modo de ver, una hiperjenesis de los órganos del pensamiento de lo cual resulta un desarreglo intelectual

Los tiempos en los caules la poesia abunda en todos los pueblos, son los tiempos primitivos, las épocas próximas al nacimiento.

De manera que escudriñando la historia se puede desglosar de ella este principio.

«Cuanto menos industria mas poesia.»

O lo que vale lo mismo «cuanta mas jente desocupada mas poetas.»

Para ser poeta se necesita tener tiempo de sobra; lo mismo para gastar lujo es necesario tener dinero demás.

La poesia pues como el lujo entra en la categoria de las cosas superfluas.

Escusado es discutir sobre su utilidad como lo hacen algunos.

Los que quieren encontrarle utilidad á todo lo que hay en el mundo son unos visionarios.

No solo hay sobre esta tierra cosas completamente inútiles sino que las hay hasta perjudiciales.

«Dios no ha creado nada sin su fin» es un pensamiento de gran boga entre los seminaristas; pero para los demás mortales, es un hecho que hay varias cosas creadas por el mismísimo Dios, con las cuales no ha de haber tenido otra mira que la de mortificarnos.

La utilidad de la poesia es semejante á la de las pulgas, de los mosquitos y otras sabandijas.

Para mi el único defecto que tiene el lenguaje es el de prestarse á la poesia.

Pero ya que desgraciadamente ella existe en el mundo á par de otros males, conformémonos con nuestra suerte y busquemos qué clase de sentimiento inspiran los poetas.

A mí me inspiran compasion, y cada vez que sé que una persona que aprecio hace bellos versos, me veo tentado á esclamar «¡pobre, tan estimable por todo, pero poeta!»

Otros admiran á los poetas y se encantan con los dulcísimos acordes de su lira.

Algunos piensan que ellos son seres sublimes dotados de una sensibilidad esquisita y una alma grande como el espacio y elevada como las estrellas fijas.

Estos suelen tener razon. Verdaderamente hay poetas que suelen escribir bellezas tales, que bien merecian estar en prosa. En esas obras inmortales, el grandioso pensamiento ha salido á luz á pesar de la poesia, ¡cuan luminoso y encantador no se habria mostrado si hubiera venido por los rectos é fáciles caminos de la prosa.

Necesario es confesar sin embargo que el hombre es dado á lo fantástico, á lo misterioso y á lo increible por via de divagacion, y que no es raro en él, teniendo estas condiciones, que alguna vez piense en poesia, como se piensa en la realidad del horizonte y se dá existencia sólida y corpórea al cielo azul que nos rodea.

Vivimos actualmente en un época de materialismo, y hacemos muy bien, á mi modo de ver.

Los ferrocarriles y las fábricas manufactureras han reemplazado con ventaja á los idilios y los sonetos.

Ahora se piensa mas en encontrar la solucion a un problema mecánico, que en hallar un consonante para concluir felizmente un verso.

Todo esto está en armonía con las necesidades del hombre y con las urjencias sociales.

Hay actualmente menos soñadores porque hay mas hambre; la prosa abunda porque las necesidades del estómago se han vuelto mas apremiantes que las del corazon.

Antes se destinaba al trabajo el tiempo que le sobraba al amor; ahora el amor es un detalle un accidente del trabajo.

Y no es por cierto muy á propósito para inspirar cantos amorosos ver desembarcar carbon de piedra ó colocar caños para el alumbrado á gas.

En fin, no es tiempo de poetas!

La fabricacion de poemas se ha hecho muy dificil y apenas si se encuentra en el mundo uno que otro filósofo descarriado que se dedique á esa especie de comercio!

La razon principal de este decaimiento poético es que en la Bolsa no se cotizan versos sino cueros, á causa de que los cueros se venden mas y mas caros que los versos y satisfacen mejor las exijencias del cuerpo.

Aquí, sino fuera una barbaridad, podia decirse que el cuerpo se ha trepado sobre el alma.

Un poeta arjentino al apreciar las obras de Estanislao del Campo, ha dicho que la poesía sublime y elevada escasea por que no hay grandes acontecimientos políticos que contar, pero para nosotros esa no es la verdadera razon.

Las guerras heróicas y las santas revoluciones de los pueblos pueden dar ocasion á poemas épicos, pero la poesía no se encierra toda en ellas.

La verdadera poesía ha comenzado por cantar sentimientos y por tomar como elemento de sus obras los suaves impulsos de un corazon enamorado.

Adan debió ser poeta, pero poeta en prosa, cuando solo, en el paraiso, bajo la sombra de los árboles y sobre un piso de flores, declaró á Eva su amor y sus antojos.

La poesía no necesita salir al mundo para encontrar su esfera de accion; en cada sentimiento, en cada impulso del corazon hay un millon de poemas.

La compasion, el amor, la tristeza, el ódio, los celos, la ambicion y cuanto sentimiento puro ó compuesto pone al hombre en relacion con sus semejantes, es un manantial de poesía.

Y francamente quizá los únicos poetas que tienen un lejítimo derecho á hacerse perdonar sus versos, son los que cantan el amor y los sentimientos tiernos.

La poesía si fuera un lenguaje fácil y admisible, seria el lenguaje propio para hablar á las mujeres.

Ellas, las pobres, son débiles de espíritu, y afectas por consiguiente á desear lo que no entienden y admirar aquello cuyo significado no conocen.

La poesía en estos casos gusta como la música. Cuanto menos músico es uno tantas mas piezas le agradan, precisamente por que uno no las entiende.

Tiene la poesía otro atractivo mas; el atractivo de lo ilejítimo y anormal.

Hablar en prosa es común y fácil; hablar en verso es imposible, y el que tomándose el tiempo necesario, para producir, produce algun verso agradable, sonoro y que retrata algun sentimiento delicado, ha puesto una pica en Flandes.

Las mujeres son de suyo caprichosas, y amoldan perfectamente á su espíritu y á sus gustos, la poesia, que no es mas que un capricho de la prosa.

Por eso es mas comun que una mujer se enamore de un poeta que de un sábio, precisamente por que le gusta mas lo que brilla mucho y seduce desde luego á los sentidos ó roza suavemente los sentimientos mas comunes, que aquello que dirije sus toques á lo mas profundo del alma ó á lo mas esquisito y delicado del pensamiento.

Cual es el mejor poeta, es lo mas dificil de decir y quizá lo mas fácil de saber en cada caso especial.

El juicio sobre los poetas no debe hacerse jamás en jeneral ni en conjunto, porque cada uno de ellos presenta una faz distinta y cualidades especiales que no pueden compararse con las de otro, y que por consiguiente, no son suceptibles de admitir la misma medida, ni una aislada de aquellas con que el juicio y el gusto aprecian las diferentes clases de literatura.

El poeta que gusta mas hoy no será el mas preferido mañana, por que los juicios como los sentimientos cambian con las circunstancias del espíritu.

De este modo se esplica como lo que nos ha seducido tanto en un momento dado, segun la impresion que nos dominaba, nos parece frio y pálido cuando lo apreciamos en otra escena y bajo diferentes impresiones.

El mejor poeta es ninguno, porque es aquel que se lee con mas gusto, y no hay un tipo de gusto clásico en poesia ni en ninguna otra cosa que se dirija ó se destine á sentimientos.

Un autor respetabilísimo dice que el mejor poeta es aquel cuyos versos lleva el viajero de buen gusto en el bolsillo de su paletot, para leerlos durante el viaje.

La definicion seria perfecta si se supiera cual es el viajero de buen gusto, pero saber esto es tan dificil como saber cuál es el mejor poeta.

No averiguemos, pues, cual es el poeta preferible y admitamos que hay poetas conforme hay desgracias sublimes.

El artículo sigue y sigue, con la crítica específica de los poemas contenidos en el libro. Para Wilde, la diferencia entre el poeta espartano Tirteo y Del Campo es que el primero cantaba para que le pagaran, y el segundo paga para cantar. Pero termina con este simpático consejo, que "vale un Perú":

Si usted quiere ser un gran poéta, no se preocupe ni de la gramática, ni de la retórica ni de la filosofia escolástica.

Lord Byron que es el menos repugnante de todos los poétas, es decir el gefe de la poesía universal, no hizo sino dos cosas para subir á tan encumbrado sitio:

1.º Aumentar el idioma ingles con un sin número de palabras i construcciones nuevas que inventó.

2.º Convencerse profundamente de que todos los hombres eran unos canallas, de que no lo eran menos las mujeres i de que el corazon humano era poco menos que una inmundicia.

Pues bien, haga usted lo mismo; ríase de la academia española i trate como merece á esta pobre humanidad de la que forma una misera parte un su amigo que lo compadece sínceramente, habiéndose llegado á convencer de que usted tiene el gravísimo inconveniente i la incomparable desgracia de ser poéta.

Recomendamos, en fin, leer el artículo completo aquí.

VOCABULARIO
para la correcta comprensión del texto precedente

paletot. Ésta es una palabra francesa, definida como "vêtement d'homme, moins souvent de femme ou d'enfant, boutonné par devant, à poches plaquées, généralement assez court, que l'on porte sur les autres vêtements" (ATILF).

En nuestro idioma tiene algunas formas emparentadas que el DRAE da por separado con significados distintos:

paletó. (Del fr. paletot). 1. m. Gabán de paño grueso, largo y entallado, pero sin faldas como el levitón.

paltó. 1. m. Ven. Chaqueta o americana.

paletoque. (Del fr. ant. paltoke). 1. m. p. us. Capotillo de dos haldas largo hasta las rodillas y sin mangas.

La dos primeras son evidentemente adaptaciones del francés, en forma y sentido; de la época en que aparentemente era obligatorio no sólo hablar sino también vestirse a la francesa. Puede leerse mucho sobre su adopción en esta interesante tesis sobre el léxico de la indumentaria durante el siglo XIX, págs. 246-50, 1071 y sigs.

La tercera fue más o menos usual en los siglos XV y XVI, y si bien es cierto que su origen inmediato debe ser (como dice el DRAE) el francés, en esta lengua parece haber sido un préstamo del inglés medio, donde paltok está documentado en 1350. Pero no se puede ir mucho más allá: F. Diez sugirió que el primer componente podía estar relacionado con el latín pallium y el segundo con lo que dio en nuestra lengua "toca", que puede tener origen árabe o celta y que alguna vez podría haber designado una capucha. Pero habría que asumir que el paltock, palletot, palt-rok (Du Cange), paletoque incluyó alguna vez una parte que cubría la cabeza, de lo que se perdió todo rastro salvo quizás en el nombre. Eso ya es mucho suponer.