domingo, 21 de diciembre de 2014

Ramón Joaquín Domínguez contra academicos

En 1846 y 1847 se publicaron en Madrid los dos volúmenes del Diccionario nacional o gran diccionario clásico de la lengua española, de Ramón Joaquín Domínguez. Fue la obra precursora de los diccionarios enciclopédicos españoles, y gozó de extremada popularidad en el siglo XIX con 17 ediciones hasta 1889. En el XX estuvo prácticamente olvidado, superado por gigantes como el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Montaner y Simón y más tarde la Enciclopedia Espasa.

¿Por qué vale la pena recordarlo? A fines del XX se lo rescató del olvido, empezando por dos artículos de Manuel Seco (los que me llevaron a Domínguez, recogidos en Estudios de lexicografía española, 2ª ed., Gredos 2003). Lo que llama la atención de él no es tanto su contribución a la lexicografía como el modo en que sus definiciones reflejan ciertos movimientos ideológicos de la época, y ante todo por la curiosidad de su estilo y enfoque. En efecto, Domínguez (sobre el que no hay todavía artículo en Wikipedia) fue un revolucionario malogrado, muerto a los 37 años en el intento de alzamiento de mayo de 1848 en Madrid. Además del Diccionario nacional publicó una Nueva gramática francesa (1844), unas Reglas de ortografía francesa (1844) y un Diccionario universal francés-español y español-francés (6 vols. 1845-1846). Ignoramos si tuvo una hija llamada Libertad.

Lo particular de las definiciones de Domínguez está en su subjetividad. Al consultar un diccionario moderno esperamos un contenido lo más despersonalizado y objetivo posible. Seguramente se regirá por principios lexicológicos más o menos explícitos y sujetos a crítica, porque la lexicografía es un terreno mucho más inestable de lo que advierte normalmente el usuario final del diccionario; pero al menos no esperamos que el autor exponga abiertamente sus opiniones morales, políticas y filosóficas, entre en discusiones encendidas con otros autores, o dé rienda suelta a su creatividad y humor. Todo esto pasa en el Diccionario de Domínguez. Seco agrupa las intervenciones del autor en tres clases, las humorísticas, las ideológicas y las filológicas. Un ejemplo de las primeras es:

Badajo, s. m. La lengua de las campanas, porque sin él fueran mudas; es un pedazo macizamente férreo ó metálico, mas ó menos largo, bastante grueso por el estremo que cuelga, y no así por el adherido á la campana, en cuyo interior pende manejable del alto punto céntrico, y sirve para producir los vibratorios sones que tal vez nos aturden la cabeza.

Se pueden rastrear con facilidad ejemplos de las segundas yendo a las voces de contenido más sensible, como libertad, democracia, revolución etc.:

Despotismo, s. m. Sistema y poderio tiránico, ilegal, representado por un déspota: autoridad absoluta é independiente, no limitada por las leyes y reconcentradora, absorbedora ó usurpadora de todos los poderes públicos, rasumiendo en una sola mano todas las atribuciones legislativas, administrativas, gubernativas, políticas, civiles militares etc. unidas al supremo poder ejecutivo simbolizado en un cetro de hierro. || V. TIRANÍA. || V. AUTOCRACIA. || Modo de obrar ó conducirse cualquier déspota. || Anómalo é injusto sistema de gobierno, en que los gobernantes ejércen el poder sin sujecion á las leyes, ó segun les dicta su capricho, desentendiéndose de la razon, de los principios de equidad y justicia y de los sagrados derechos del hombre.

(Es irónico que casi inmediatamente después se lea la definición de despotricar: "Desembuchar indiscretamente las especies aprendidas, hablar sin consideracion ni reparo cuantas cosas le ocúrren a uno etc.")

"¿No podríamos decir con toda verdad que Domínguez fue el lexicógrafo que murió luchando por sus propias definiciones?" (Seco)

Este segundo aspecto ha merecido algunos estudios serios (más recientemente M. Quilis Merín, "Ideología en el Diccionario Nacional de Ramón Joaquín Domínguez: La nomenclatura vergonzante" BHH 23 (2014)). Nosotros no somos serios, así que vamos a referirnos solamente al tercer grupo, el de las intervenciones 'filológicas', y más específicamente a aquellas donde Domínguez (cómo no) despotrica contra la Real Academia, que "es, para él, una institución alejada de la realidad, un «venerable cuerpo» lleno de «decrepitudes filológicas», una «caduca matrona [...] con ínfulas de esclusiva maestra»; simplemente, «la corporación de los hablistas de oficio» (artículos asombrar, alegrante, ¡ah!, comunero). La rebeldía de este hombre frente a la institución y la obra que sirven de guía a todos los lexicógrafos –incluido él mismo– es, desde luego, coherente con su posición avanzada en lo ideológico y en lo político" (Seco). Así que en lo que queda del artículo vamos a recopilar (de entre las primeras letras) algunas de las definiciones más llamativas donde arremete contra la Academia, aunque más no sea para mostrar que nada se inventó hoy ni ayer. Es divertido; si el tiempo y las ganas dan, otro día agregaremos más ejemplos.

Cerrando el círculo, notemos que la RAE incluye el Diccionario Nacional en su Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (NTLLE). Y es que, como señala Seco, aunque Domínguez haya realizado un diccionario romántico, "esta calificación, que no puede por menos de tener un signo negativo al referirse a un género como el lexicográfico, no carece, sin embargo, de aspectos positivos: la ambición renovadora frente a los diccionarios al uso, el deseo de superar lo caduco e imperfecto de la obra de la Academia, el afán de incorporar a su colección las palabras del «progreso» y de los nuevos tiempos, dan como resultado una aportación de valor muy alto para la historia de nuestro léxico."

Afinidad, s. f. Parentesco que se contrae con el matrimonio consumado ó por cópula ilícita entre el varon y los parientes de la mujer, y entre la mujer y los parientes del marido (Acad). ¿Puede darse una definicion mas absurda y obscenamente grosera? Qué significa la escandalosa frase de cópula ilícita entre el varon y los parientes de la mujer? La de la mujer con los parientes del marido ya se comprende en cualquier sociedad algun tanto desmoralizada como la nuestra; mas lo que no se comprende es que existan académicos capaces de autorizar tan repugnantes é impúdicas definiciones, con mengua de la moral pública y del sentido comun. Pero aun prescindiendo de la parte indigna y de toda interpretacion liviana, tendremos siempre una definicion confusa y torpe, sin trabazon ni reglas gramaticales. Qué quiere decir sinó: matrimonio consumado entre el varon y los parientes de la mujer y entre esta y los del marido? Risum teneatis amici. || Parentesco, especie de relacion consanguínea en cierto modo, vínculo moralmente natural ó conexion que media entre el varon y los parientes de la mujer, entre esta y los del varon, exista ó no matrimonio entre los dos que contraen íntimo lazo de union.

Amor, s. m. [...] Amor propio: el amor desordenado con que uno se ama á sí mismo y á sus cosas. (Acad.) Lo que hay aquí de desordenado es la definicion académica; porque no puede ser desordenado ese amor que es al mismo tiempo un precepto de la naturaleza y de la ley de gracia; amarás al prójimo como á tí mismo. El amor natural de nosotros mismos es indispensable hasta para la conservacion de la vida que sin él nos sería indiferente. Así, pues, nos tomamos la libertad de sustituir el epíteto de natural al de desordenado en la censurada definicion, si bien le aceptamos como sinónimo de egoísmo, cuando el amor propio degenera en ese ruin y bajo sentimiento. [...] pl. Amores: comunmente se entienden los sensuales (Acad). ¡Qué prosáico será el venerable cuerpo de filólogos, para desconocer que la palabra amores nada tiene en sí misma de sensual, platonizándola generalmente los mas cultos poetas en sus divinas y seductoras imágenes.

Averiguar, v. a. [...] Fras. fam. Averiguarse con alguno; avenírsele con alguno, sujetarle ó reducirle á la razon; y así se dice: no hay quien se averigüe con él etc. (Acad.) En lugar de «así se dice» debería poner «así decimos»; porque no creemos que haya hoy dia semejante locucion en la lengua española.

Balancé, s. m. Dan. Cierto paso de baile, usado especialmente al final de la mayor parte d elas figuras del rigodon. La Acad. esplica muy bien esta voz. Nada dice de ella.

Blanco, ca. adj. Calificacion aplicada al mas claro de todos los colores, como el de la nieve, cuya estremada blancura no impidió que el filósofo Anaxágoras la tuviese por negra. || Hablando de las personas, el que es honrado, y de estimacion en el pueblo. (Acad.) Como no fuera en tiempo de los realistas, cuando se inventaron las denominaciones políticas de blancos y negros, confesamos nuestra ignorancia de tan luminosa acepcion, y aun para que no quedase a oscuras, hemos añadido una coma en personas sin lo cual resultaba oracion imperfecta ó por concluir.

Brindis, s. m. Accion y efecto de brindar en su primera acepcion. || El dicho en prosa ó verso que precede al acto de beber. Tanto al verbo brindar como al sust. brindis, no les da la Acad. en primer término mas significacion que la de beber á la salud de otro, olvidando ó desconociendo que se brinda por muchísimas cosas; v. g. por la libertad, por la patria, por esta ó la otra forma de gobierno, por tal ó cual institucion etc. á no ser que semejantes entidades morales figuren como personas en la florida imaginacion de los académicos.

Codillo, s.m. [...] En el juego del hombre y otros, el lance de perder la polla el que ha entrado por haber hecho mas bazas que él los otros jugadores. (Acad.) No vaya á tomar algun descomedido intérprete esta acepcion en un sentido chocarreramente vulgar, por aquello de perder la polla el que ha entrado; fras. técnica de algunos juegos, que nada tiene de grosera ni sospechosa. || En las sillas de montar el estribo. (Acad.) El estribo es el que monta, ó queda pendiente el sentido, en este género chusco de ortografía académica. = El estribo, en las sillas de montar.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Una tragedia de dos peniques (Chesterton)

Ensayo de G.K. Chesterton, publicado en Enormes minucias (Austral 1946) en traducción de Rafael Calleja:

Mi relación con los lectores de esta página ha sido larga y agradable, pero quizá por eso mismo pienso que ha llegado el momento de confesar el único gran delito de mi vida. Ocurrió hace mucho tiempo; pero no es infrecuente que un ataque de remordimiento tardío revele negros episodios de esa índole mucho después de que hayan sucedido. Nada que ver con las orgías de la Liga Antipuritana. Esa corporación es de tal modo ofensivamente respetable, que un periódico al describirla el otro día se refirió a mi amigo Mr. Edgar Jepson bajo la denominación de «Canónigo Edgar Jepson», y parece ser que a cada uno de nosotros se nos aplican títulos similares. No, no es por la conducta del arzobispo Crane, o del deán Chesterton, o del reverendo James Douglas, o de monseñor Bland, ni aun de ese exquisito y viril viejo eclesiástico: el cardenal Nesbit; no es por eso por lo que deseo (o más bien me siento impulsado por la conciencia) hacer esta declaración. El crimen fue cometido a solas, sin cómplices. Fue cosa exclusivamente mía. Permítaseme que, obedeciendo a esa ansia característica de los penitentes de comenzar su confesión por su lado más negro, la reproduzca en su forma más espantosa e inexplicable. Existe en una ciudad de Alemania (a menos que haya muerto de rabia al descubrir su equivocación) un dueño de restaurante al que debo aún dos peniques. Salí definitivamente de su restaurante al aire libre con perfecta conciencia de que le debía dos peniques. Me marché delante de sus narices decididamente hebreas. No le pagué y es sumamente improbable que nunca le pague. ¿Cómo pudo ocurrir esta villanía en una vida que, en términos generales, casi ha carecido de la destreza necesaria para el fraude? La cosa fue como voy a decir, y la historia tiene moraleja, aunque puede no haber lugar a ello.

Los que viajan por el continente pueden adoptar como regla general aceptable que el modo más facil de hablar un idioma extranjero es hablar de filosofía. Lo más difícil de hablar es hablar acerca de necesidades corrientes. La razón es obvia. El nombre de las necesidades corrientes varía completamente de una nación a otra, y en general son nombres un tanto raros y rebuscados. ¿Cómo podría un francés, por ejemplo, suponer que una carbonera puede llamarse scuttle? ¿Qué inglés, hallándose en Alemania, se sentiría suficientemente poeta para adivinar que los alemanes llaman al guante «zapato de las manos»? Las naciones llaman, por decirlo así, a sus necesidades con apodos. Llaman a sus tinas y a sus taburetes con nombres afectivos y sorprendentes, como si se tratase de sus propios hijos. Pero si se trata de cosas abstractas, cualquiera puede hablar de ellas en un idioma extranjero por poco aprovechado que haya sido en sus estudios. Porque apenas llega a lograr construir una frase, halla que las palabras que se usan en una discusión abstracta y filosófica son en todos los países casi las mismas. Y lo son por la razón sencilla de que todas ellas proceden de las cosas que han sido raíces de nuestra común civilización. Del Cristianismo, del Imperio romano, de la Iglesia medieval o de la Revolución francesa. «Nación», «ciudadano», «religión», «filosofía», «autoridad», «República», palabras de este tipo son casi iguales en todos los países en que viajamos. Contenga, por consiguiente, el lector su admiración exuberante por el joven que puede discutir con seis ateos franceses apenas desembarca en Dieppe. Eso hasta yo mismo puedo hacerlo. Pero es sumamente probable que el mismo joven no sepa cómo se dice en francés «calzador para los zapatos». Pero esta generalización tiene tres grandes excepciones. Primera: El caso de los países que no son europeos en absoluto y que nunca han tenido nuestros mismos conceptos cívicos o que carecen de conocimientos del viejo latín. No pretendo que salte al punto de la imaginación la frase que utilizan los patagones para designar la «ciudadanía» ni que haya sido familiar para mí desde la cuna la palabra que se emplea en determinada isla del archipiélago malayo para el concepto «República». Segunda: El caso de Alemania, donde, aunque el principio es aplicable a muchas palabras, tales como «nación» y «filosofía», no se aplica de modo tan general, porque Alemania ha mantenido una especial y deliberada política de estimular la parte puramente germánica de su lengua. Tercera: El caso en que uno no sabe ni una palabra acerca del lenguaje, como en términos generales me ocurre a mí.

Por lo menos tal era mi situación en aquel tenebroso día en que cometí mi delito. Combinábanse dos de las circunstancias excepcionales que acabo de mencionar. Estaba paseándome en una ciudad alemana y yo no sé nada de alemán. Sabía, sin embargo, dos o tres de esas grandes y solemnes palabras, vínculo que mantiene unida nuestra civilización europea, y una de las cuales es «cigarro». Como era un día caluroso y soñoliento, me senté ante una mesa en una especie de cervecería-jardín y pedí un cigarro y cerveza. Me bebí la cerveza y la pagué. Me fumé el cigarro, se me olvidó pagarlo y volví a mi paseo, durante el que contemplé en éxtasis la majestuosa silueta de las montañas del Taunus. Cosa de diez minutos después recordé, de pronto, que no había pagado el cigarro. Volví al lugar en cuestión y sacando el dinero lo puse sobre el mostrador. Pero el propietario se había olvidado también del cigarro y se limitó a pronunciar unos sonidos guturales con tono interrogante, supongo que preguntándome lo que deseaba. Dije «cigarro», y él me dio un cigarro. Me esforcé señalando el dinero y descartando el cigarro con ademanes de rehusarlo. Él pensó que estos ademanes representaban una condenación de aquel concreto cigarro y me trajo otro. Yo agité los brazos como un molino de viento, tratando de abarcar con la amplitud de mi gesto que mi repulsa era una repulsa de los cigarros en general y no de aquel cigarro aislado. Él interpretó erróneamente mis aspavientos como representativos de la impaciencia corriente de los hombres vulgares y se precipitó hacia mí con las manos llenas de multitud de cigarros diversos que me ofrecía con insistencia. A la desesperada ensayé otras clases de pantomima; pero mientras más cigarros rehusaba yo, más y más cigarros me sacaba, más raros y preciosos los extraía de las profundidades y recovecos de su establecimiento. Traté en vano de hallar un medio de inculcar a aquel hombre el hecho de que yo había ya recibido el cigarro. Imité el acto de un ciudadano fumando, dejando de hacerlo y tirando el cigarro. El propietario me observaba con cien ojos, pero se limitó a suponer que yo estaba ensayando (como un éxtasis de anticipación) las delicias del cigarro que él iba a darme. Por último, me marché convencido y contrariado de la inutilidad de mis esfuerzos: era inútil intentar que cogiese el dinero y que dejase a los cigarros en paz. Y así, aquel dueño de restaurante (en cuya faz relumbraba el amor del dinero como brilla el sol a mediodía) rotunda y firmemente rehusó recibir dos peniques que yo le debía sin duda alguna; y yo tomé aquellos dos peniques, que eran suyos, y los dediqué durante meses a la francachela. Espero que en el día final los ángeles aportarán suavemente la verdad a aquel hombre desventurado.

Ésta es la verdadera y exacta narración del gran fraude del cigarro; y la moraleja es...

Chesterton halló lugar para dar su moraleja, pero nosotros la omitimos, en atención al principio de que si una enseñanza no está contenida en el apólogo de nada sirve andar explicitándola después.

domingo, 20 de mayo de 2012

"Caliginoso lecho..."

Cito de Dámaso Alonso, "Monstruosidad y belleza en el Polifemo de Góngora", en Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos (4ª ed., Gredos 1962), págs. 326-7:

     Caliginoso lecho, el seno oscuro
     ser de la negra noche nos lo enseña
     infame turba de nocturnas aves,
     gimiendo tristes y volando graves.

La imagen inmediata que estos versos nos dejan es la de una densa lobreguez. Analicemos esta sensación y sus causas.

Evidentemente, el poeta ha acumulado aquí adjetivos que expresan oscuridad:

     Caliginoso lecho, el seno oscuro
     ser de la negra noche nos lo enseña
     infame turba de nocturnas aves...

Tres adjetivos, "oscuro", "negra", "nocturnas", uno por verso, nos indican que el poeta ha sentido una necesidad de reiterar, de acumular oscuridades: son tres objetos, cada uno contenido dentro del anterior; todos, de negror absoluto: el "oscuro" hueco de la gruta; la "negra" noche que lo llena; las "nocturnas" aves que vuelan dentro de esa noche. No le ha bastado aún al poeta. Agotados casi los recursos de la lengua en adjetivos de lo oscuro, ha echado mano de otro más alejado (casi puro latín): "caliginoso". "Caliginoso" tiene exacto sentido para el lingüista; pero, para el lector, sin una idea exacta de su significado, representa un misterioso valor alusivo, ahí, en el umbral de la tenebrosa descripción. Nos es evidente, pues, desde ahora mismo, que el problema de los cultismos (tan característicos de la poesía gongorina) ha sido mal planteado. El cultismo latinizante puede, en ocasiones, ser intensamente expresivo. La elección de "caliginoso", situado en el umbral mismo del pasaje, ha sido extraordinario acierto: de él irradia como un denso misterio que se propaga a los versos siguientes. La extensión de la palabra (sus cuatro sílabas) realza aún esta impresión. Compárense los dos adjetivos inicial y final del verso

     caliginoso lecho, el seno oscuro.

Un rico matiz expresivo carga del lado inicial: "caliginoso" para el hombre moderno tiene un sentido vacilante: hay a lo largo del endecasílabo como una afluencia de dudosa oscuridad que el adjetivo final asegura. El cultismo da trasfondo, le da una nueva dimensión al verso.

Ahora bien, pregunto yo, ¿será verdad? En otras palabras, Dámaso Alonso sostiene que la oscuridad que el uso del cultismo "caliginoso" arroja sobre el sentido del verso, independientemente de su significado (o mejor, a causa de la opacidad de este significado), se conjugaría de un modo misterioso con la oscuridad de la imagen que presenta el poema en este punto [1]. La oscuridad de la gruta transmite temor e incertidumbre, porque no se sabe qué engendros pueden brotar de ella, preludiados por la "turba de nocturnas aves"; algo de esa incertidumbre está desde el inicio en la elección del adjetivo. ¿Llega a tanto el arte del autor, como para realizar este violento enlace entre (des)conocimiento del léxico y sentido, recurriendo a la ignorancia del lector para provocar el efecto deseado? "¿Qué poeta era este Góngora?" (pág. 331).

Se sabe que Góngora y en general la escuela poética que representa dio un lugar importante en su arte a la especial preparación y esfuerzo de sus lectores para percibir y comprender sentidos no accesibles al ignorante, al apurado o al perezoso y superficial; una característica que fue riqueza para sus partidarios y afectación para sus detractores. Es un voto de confianza (a veces excesiva) puesto en la "competencia" del lector para desentrañar el sentido, abriéndose camino por complejidades sintácticas y por un vocabulario sembrado de cultismos y neologismos. Ambas cosas son evidentes en los cuatro versos mencionados. Este es el marco general en que hay que comenzar a entender el uso del cultismo.

Por otra parte, Dámaso Alonso dedicó el estudio de donde proviene la cita a mostrar el efecto sutil y generalmente inconsciente de multitud de artificios (sonoros y rítmicos además de léxicos y sintácticos) en la lectura del Polifemo. El libro en que está incluido el estudio es en realidad una colección de trabajos en que aplica su idea guía, a saber: que en un texto poético la relación entre significante y significado se establece de manera distinta de la postulada por F. de Saussure, porque (bien que en algunos poetas más que en otros) el significante realiza potencialidades expresivas que dejan muy atrás la arbitrariedad. [2]

Sus argumentos, especialmente los relacionados con aspectos fonéticos y rítmicos, son extremadamente convincentes, no sólo por el rigor con que demuestra cada caso sino sobre todo por la consistencia de los análisis particulares en visión de conjunto, que aleja la posibilidad de la coincidencia afortunada. Ante tales testimonios, una y otra vez se pregunta si lo que tiene lugar en la creación gongorina es "traducción virginal -delicadísimo registrador inconsciente- de impulsos exteriores", o "deliberado y sabio propósito, 'virtuosismo' de genial intérprete" (p. 331).

Pero de todas las (a veces sorprendentes) intuiciones que tiene D. Alonso ante el texto gongorino ninguna me parece más arriesgada que la del valor de "caliginoso" en su contexto. Si está en lo cierto, hay que reconocer que la osadía del artificio excede la de toda otra creación literaria conocida; palidecerán los vanguardistas con sus fórmulas mecánicas; y nada de ese calibre se ha visto desde la invención de la metáfora y la mentira. Sin embargo, también es posible que Dámaso Alonso se haya dejado llevar simplemente en esta ocasión por su imaginación y su pasión gongorina.

En el estudio citado Alonso propone vagamente que el adjetivo le fue sugerido a Góngora por su lectura de poetas latinos [3], pero en Góngora y el Polifemo (7ª ed., Gredos 1985) p. 583 encuentra más probable que el recuerdo inmediato sea Ariosto, Orlando Furioso XXXIII.128:

     All'infernal caliginosa buca
     ch'apre la strada a chi abandona il lume,
     finì l'orribil suon l'inclito duca,
     e fe' raccorre al suo destrier le piume.

De más está decir que encontrar la fuente exacta del texto de Góngora, si existe, nos ayudaría poco y nada para interpretar y apreciar el recurso. Este pertenece en todo caso a la poética culta original del poeta cordobés, o no alcanzan a explicarlo veinte Orlandos por más furiosos que vengan.

Todavía podemos dar una vuelta de tuerca al argumento. La propuesta de Dámaso Alonso exige por parte del lector ignorancia o al menos incertidumbre sobre el sentido de "caliginoso". ¿Qué sucede, entonces, con el lector culto que ha frecuentado a los poetas latinos y a Ariosto, y para quien este adjetivo no guarda secretos? Al fin y al cabo, la palabra ya había sido usada en castellano por Enrique de Villena, Juan de Mena, Fr. Bartolomé de las Casas, Juan Rufo, el Conde de Villamediana, Juan de la Cueva, Lope de Vega, Cervantes o Juan Ruiz de Alarcón, por citar a algunos famosos. ¿Le está negado al lector culto el raro placer estético de esa forma de oscuridad en el verso? Acaso le está reservado otro de tipo más intelectual: tal vez, consciente de su propia cultura, advierte que el vulgo se enfrentará con una oscuridad léxica que en última instancia enriquecerá su experiencia del poema, y es por lo tanto capaz (el lector culto) de obtener ese placer indirectamente. Es enrevesado y suena improbable... pero es exactamente lo que ha hecho Alonso, de quien no podemos dudar que ha gozado inmensamente con cada verso y artificio del Polifemo, incluido este.

Cerremos con una última lectura de la estrofa completa. Luego de esta confusa disquisición, ¿es posible todavía evaluar si existe el artificio poético que hemos tratado de explicar?

     Guarnición tosca de este escollo duro
     troncos robustos son, a cuya greña
     menos luz debe, menos aire puro
     la caverna profunda, que a la peña:
     Caliginoso lecho, el seno oscuro
     ser de la negra noche nos lo enseña
     infame turba de nocturnas aves,
     gimiendo tristes y volando graves.

-----

[1] Se trata de parte de la descripción de la cueva de Polifemo. Aquí se puede leer la Fábula de Polifemo Y Galatea completa en la edición de la Biblioteca Virtual Cervantes.


[2] Se apoya en É. Benveniste, "Naturaleza del signo lingüístico" (1939, disponible en castellano en Problemas de lingüística general I, Siglo XXI, págs. 49-55), aunque la argumentación es muy distinta. Si yo fuera Saussure, a D. Alonso le hubiese respondido: "Pero yo al postular la arbitrariedad estaba hablando del signo en el sistema de la lengua, mientras que usted me viene con ejemplos tomados del habla (los textos poéticos)". Pero, como el lector atento podrá observar, yo no soy F. de Saussure.


[3] Como la caligine caeca del humo que vomita Caco para ocultarse a los ojos de Hércules en Eneida VIII.253. La cueva de Caco tiene varias similitudes con la de este Polifemo, pero eso no quiere decir nada: todas las cuevas donde habitan monstruos literarios se parecen. El decorado interior en esos casos es parte de la job specification ("puesto que la maldad del ogro así lo requiere", J.R.R. Tolkien, MC 184).