miércoles, 18 de noviembre de 2009

Acertijo etimológico con imágenes

Estimado lector: Dicen que hoy en día las comunicaciones son eminentemente visuales, y como nosotros no queremos pasar por anticuados, propondremos hoy un acertijo etimológico visual. ¡A ver si lo resuelve!
¿Cuál es la relación entre las siguientes imágenes?










¿Resolvió el acertijo sin ayuda? Si no ha podido hacerlo, le suministraremos las siguientes pistas.


El ciervo de la primera imagen tiene la particularidad de que ha perdido momentáneamente sus cuernos. El muchacho de la pintura de Murillo Niño espulgándose tiene el cabello muy corto, único modo -ayer como hoy- de librarse de los piojos. Sobre la mochila no hay nada que decir, es lo que se llama una mochila hecha y derecha, pero del pájaro que aparece más abajo debemos notar que no tiene los "cuernitos" de plumas que suelen gastar los búhos, y que es más pequeño que ellos. Al joven de la última foto le han amputado sus manos durante la guerra civil de Sierra Leona.

Y ahora, la historia completa.
Muchas cosas han cambiado en el transcurso de mi vida. Tantas, que a veces me siento más contemporáneo de Jane Austen que de mis vecinos. Pero sin caer en discursos plañideros, a los que algo afecto soy -lo confieso- en persona, me limitaré aquí a un dato trivial e inocuo de la vida cotidiana. Cuando yo era chico, los niños íbamos a la escuela munidos de un portafolios. Recuerdo con cariño el mío de cuero, que exudaba al abrirlo aromas camperos, y emitía al llenarse de aire débiles suspiros de fuelle de bandoneón.
Felipe, un contemporáneo mío

Las mochilas eran bagaje de "mochilero", es decir, de esa especie de vacacionista de a pie y con bolsillos vacíos. No sé cuándo ocurrrió el cambio, pero ahora a la escuela se va con mochila.
La palabra mochila, sin embargo, no es nada nueva en nuestro idioma. Veamos estos ejemplos:
Sabido todo esto por el Maestre, que no estaba nada durmido, antes tenía espías de los mismos de la tierra, salió luego al campo con trescientos de a caballo y doscientos peones: todos llevaban mochila para cuatro días para ellos y sus caballos [...]
Alonso Maldonado,
Hechos del Maestre de Alcántara don Alonso de Monroy, c1492


[...] y estando así platicando con la lengua, muy cerca los nuestros de los enemigos, que no había sino una puente quitada en medio, un viejo de ellos, allí a vista de todos, sacó de su mochila, muy despacio, ciertas cosas que comió, por darnos a entender que no tenían necesidad [...]
Hernán Cortés, Cartas de Relación, 1519


Cortés, porque no le faltasse prouisión, hizo mochila para seys días, aunque no hauía de estar en el camino sino tres [...]
Francisco López de Gómara,
Segunda parte de la Crónica general de las Indias, 1553

Como vemos por esos ejemplos, la mochila se asoció sobre todo a su contenido, que era principalmente viandas para el ejército. Los niños a menudo eran empleados como mochileros de los soldados. La palabra mochila, de hecho, viene de mochil= "Muchacho que sirve a los labradores para llevar o traer recados a los mozos del campo", que a su vez viene del vasco moxti="muchachito", diminutivo de motil="muchacho".
He aquí una serie de sinónimos que suenan sospechosamente afines: mochil, muchacho, mozo. ¿Están relacionados entre sí? La respuesta es: sí. Dijimos que mochil viene del vasco, pero a su vez el vasco refleja un adjetivo latino: mutilus. Mutilus se le decía a quien había sufrido la pérdida de una parte del cuerpo (verbo mutilare), y en especial al animal que se había descornado. Por similitud con el animal sin cuernos, se le llamó motiles a los niños, que solían llevar el pelo rapado, como el muchacho del cuadro de Murillo.
Es evidente que siguiendo un camino no del todo conocido, mutilus llegó a ser en español mocho, palabra que tiene el mismo significado. Corominas y la RAE son cautos en cuanto a derivarla directamente, porque según las reglas mutilus tendría que haber dado mojo, pero sí está demostrada la derivación mutilus>motil>motxi>mochil>mochila.
Mochar y mutilar son semejantes no sólo en en la forma sino también en el significado.La relación de mocho con los conceptos que acabamos de ver es notable. Leamos las primeras acepciones de este término para la RAE:
mocho, cha.
1. adj. Dicho especialmente de un animal cornudo, de un árbol o de una torre: Que carece de punta o de la debida terminación.
2. adj. coloq. Pelado o con el pelo cortado.

A los niños se los ha llamado desde tiempos inmemoriales con adjetivos relacionados con el corte de pelo, como lo sugieren los términos rapaz y mozo en castellano, mozzo, toso (del latín tonsor), ragazzo en italiano, tose en francés, etc. Muchacho, que antiguamente era mochacho, viene también él de mocho. Es interesante notar que originariamente se usaba muchacho para referirse a niños. Aún hoy la primera acepción de muchacho de la RAE es " niño que no ha llegado a la adolescencia". El uso que le damos hoy, al menos en la Argentina, es distinto. Uno no es muchacho hasta llegar a la adolescencia, y lo seguirá siendo para siempre; cuando a los setenta años vaya a jugar a las bochas, lo hará sin duda con los muchachos del club de jubilados.

E
n cuanto al mochuelo, aquí también tenemos con toda evidencia la presencia de mocho. Como el ciervo mocho, el mochuelo se diferencia del búho en que no tiene "cuernos". Y el desgraciado muchacho de la última foto no sólo lleva el cabello mocho, sino que ha sido mutilado.

Mutilado, muchacho, mozo, mochila, mochuelo, y todos los términos derivados de ellos, son, pues, parientes cercanos.



jueves, 22 de octubre de 2009

Servido en bandeja

En el árabe clásico, safat era un cesto o canastilla hecho de hojas de palma que solía servir de perfumero o recipente de enseres del tocador femenino, como nos enseña el Arabic-English Lexicon de Lane en mitad de esta página.

Un historiador de comunidades judías en el mundo árabe del siglo XI nos lo describe así:
Las listas de ajuares de novia a menudo mencionan una caja o cajón llamado safat, hecho por lo general de una variedad fuerte de bambú y normalmente colocada sobre uno o dos taburetes del mismo material. En el comercio ultramarino, el safat era una caja de tamaño mediano para transportar telas y productos tales como azafrán, clavos de olor, o coral. Dos o más podían entrar con otros paquetes voluminosos dentro de un container. El safat doméstico, que era de tamaño moderado y por lo general puesto sobre un banco para facilitar su uso, parece que contenía los materiales necesarios para la vida diaria.
S. D. Goitein, A Mediterranean Society, University of California Press, 1999 (pag. 131)
En España los mozárabes modificaron el término en assafát, que quedó incorporado a la lengua española como azafate. El diccionario de la RAE nos dice que azafate es un "canastillo, bandeja o fuente con borde de poca altura, tejidos de mimbres o hechos de paja, oro, plata, latón, loza u otras materias".
Era vispera de San Juan, fiesta que celebran mucho las donzellas en mi patria; y quando me leuantaua a tomar la pluma, bañada en mi llanto, y guiada de mi indignacion, vna criada entrò con vn azafate de flores, y vna vela blanca, diziendo de parte de don Pedro, que adornasse mi altar con aquellas flores; y que a la luz de aquella vela sossegaria aquella noche.

Corral, Gabriel del, La Cintia de Aranjuez, 1629
Como se usaron lujosos azafates para transportar alhajas y vestidos, las damas de compañía de la realeza, que estaban encargadas de acercar a sus amas estos enseres, pasaron a llamarse azafatas.
Tasada la hechura en tres ducados, que juntos con el peso monta todo diez mill y ochoçientos y setenta y nueve maravedís.- Dióse para serviçio de la Infanta doña Ana por çédula de su Magestad, y entregado a su azafata, doña Estefanía Romero de Villaquirán.
Inventarios Reales. Bienes muebles que pertenecieron a Felipe II, c 1600


Diccionario de la RAE 1927

Las azafatas (y la palabra azafata) pasaron a anticuarse conforme se anticuaronlas tradiciones cortesanas, y para el siglo XX apenas había recuerdo de ellas. El término había sobrevivido en las novelas históricas de Pérez Galdós, y todavía en 1927 Valle Inclán las traía a la memoria:

La Cámara de la Reina tenía aire de velorio. Doña Isabel lloraba, con medroso presagio de su ruina, la muerte del Espadón. La Señora tenía en la boca un pucherete de desconsuelo, y la morrilla de la nariz, reluciente. La Doña Pepita Rúa, en servicio de alcoba, la asistía con vinagrillos: Por distraerla, enhebraba cuentos, devociones y chismes de azafata rancia. La Reina de España, frondosa, rubia y herpética, con nada se consolaba: Para no caer en desmayo, se fortalecía con bizcochos y marrasquino, tumbada en el sofá de damascos reales
Valle Inclán, La corte de los milagros, 1927
Fue entonces que comenzó la aviación comercial y alguien rescató del altillo esa vieja palabra casi olvidada. La historia la cuenta con su salero habitual Julio Casares en su artículo Azafata, que acabo de transcribir en exclusiva para Hurgapalabras. El artículo de Casares es de los años 50.El Diccionario de la Academia reconoció la acepción "camarera distinguida que presta sus servicios a bordo de un avión" en su edición del año 1956.

Medio siglo ha pasado, y hoy nos enfrentamos a otro problema terminológico, porque ese término azafata, de origen tan femenino, parece no ajustarse bien al hecho de que actualmente una gran cantidad de los auxiliares de vuelo son masculinos. Parece que a los varoncitos suelen llamarlos sobrecargos, tomando el nombre del responsable del cargamento en un buque mercante. Pero es extraño que dos personas que cumplen el mismo rol reciban nombres tan distintos, ¿no?
Sospecho que en poco tiempo más terminará llamándosele a todos sobrecargo. Es una lástima. Azafata era más romántico, creo yo. Aunque el cambio se ajusta al hecho de que a los pasajeros de avión cada vez nos tratan menos como reyes y más como mero "cargamento".

miércoles, 14 de octubre de 2009

Azafata

Nuevamente tenemos en Hurgapalabras al insigne lexicógrafo Julio Casares, de quien transcribimos a continuación un artículo escrito en la década del 50. El artículo se llama Azafata.



Un distinguido redactor de El Diario Vasco ha dirigido a la Academia una propuesta, que la Corporación, si lo tiene a bien, estudiará en su día con las mayores garantías de acierto; pero como el asunto en cuestión se viene ventilando en la Prensa y ha producido en ésta, según dice el comunicante, una "tremenda desorientación", me ha parecido que un artículo periodístico más o menos no agravará el problema, aun suponiendo que no sirva para aclararlo, como sería mi deseo. Advertiré que si hago uso público de la carta del proponente es porque éste me ha autorizado para ello a condición de que cite su nombre; y así lo hago: el interesado se llama Joaquín F. Carrasco.
Se trata, amable lector, de la denominación que ha de darse a las simpáticas muchachas que prestan sus servicios a bordo de las aeronaves. Veamos cómo está planteada la controversia, a juicio del señor Carrasco: "Un escritor muy bueno ha lanzado para ellas el feísimo sustantivo "aeromozas", mientras que otro señor ha catalogado a estas señoritas como "azafatas", cuya prosodia es ya de suyo poco elegante y cuyo significado, por su ancestralidad, enrancia sin motivo alguno el pimpante cometido que mal quiere definir."
No sé si esta prosa es existencialista o simplemente donostiarra. Llamar "pimpante" a una joven es un galicismo muy grato a ciertos escritores modernos, que no sabrían decir en castellano lo que este epíteto significa; pero piropear de "pimpante" a un "cometido" es cosa a la que aún no se han arriesgado los propios franceses, aunque ese cometido no esté "enranciado por la ancestralidad". Traduciendo al lenguaje vulgar, yo saco en claro que al señor Carrasco no le parecen bien ni "aeromozas" ni "azafata". Lo mismo le sucede a otro escritor bilbaíno -esta vez la luz nos viene del Norte- que también ha echado su cuarto a espadas. El recorte de donde tomo la noticia nos informa de que ese escritor es "el gran periodista que firma Desperdicios".
Y ahora, después de la crítica demoledora, viene la parte constructiva. El señor Carrasco propone que llamemos a esas muchachas "aviatrices" y está seguro de que las interesadas agradecerían el apelativo "como un obsequio a su dignidad". Suponiendo que la derivación "aviatriz" fuese correcta, como lo es "emperatriz", obtendríamos el femenino de aviador; y entonces habría que pensar si por extremar la galantería no caeríamos en una falsedad manifiesta, convirtiendo en "pilotas" a esas señoritas que nos avisan cuando hemos de apretar el cinturón, nos obsequian con pastillas de chicle, nos ofrecen algodón para los oídos o nos sirven un refrigerio, todo ello con la más esquisita amabilidad. Se nos dice en la carta que comento que, a más de estas y otras habilidades, "esas auxiliares del vuelo hablan perfectamente cinco o seis idiomas". Si esto es así, y no seré yo quien lo ponga en duda, lo más urgente no sería buscarles un nombre sino buscarles un empleo de más alta categoría, pues si el de "pilotas" no les va bien el de "poliglotas" les estaría pintiparado. Esto por lo que se refiere a la propuesta del señor Carrasco. La de Desperdicios es todavía más audaz. Partiendo de "muchacha de aviación" y cortando estas tres palabras donde al inventor se le antoja, nos brinda el engendro "muchadavi" que, como ustedes ven, no tiene "desperdicio".
Debemos, pues, a la iniciativa privada tres denominaciones, "areomoza", "aviatriz" y "muchadavi", a reserva de que existan otras creaciones de las que no he tenido noticia. La Academia se ha abstenido de terciar espontáneamente en el debate; pero hace ya quince años recibió el escrito oficial de cierta compañía de líneas aéreas, en el que se pedía una equivalencia castellana de la voz stewardess, aplicada en inglés a las servidoras cuya misión se especificaba.
Yo no voy a tomar partido a favor de esta o aquella denominación. Sólo quisiera dar un golpecito en el hombro, amistosamente, a los aficionados a enriquecer el léxico, con el ruego de que se abstengan de inventar neologismos, mientras no sea absolutamente imprescindible. Sobre el modelo de "naonato", con que se designaba al nacido a bordo de un barco, alguien sintió la urgencia de contar con otra palabra para el que viene al mundo en un avión y hubo que incluir en el Diccionario "aeronato", aunque los casos en que sería aplicable este adjetivo puedan contarse con los dedos de una mano. ¿Conoce alguno de mis lectores un aeronato?
Más frecuente es que ese trance de alumbramiento tenga por escena un tranvía, puesto que en cualquier gran ciudad son muchos los millares de mujeres que utilizan diaramente ese vehhículo; por lo que es de temer que, cuando menos lo pensemos, se produzca otra "tremenda desorientación" por no saber si debiera decirse "tranvianato", "tranvinato", o "trannato". Luego vendría el "metronato", poco serio a más de irrespetuoso para la lengua, organismo viviente y delicado, que se resiente de las intervenciones traumáticas, arbitrarias e irresponsables. Yo creo que en la rica gradación de los nombres con que se venía designando a la mujer que presta servicios auxiliares a otras personas, desde la "moza" que desempeña humildes menesteres en un mesón hasta la dama linajuda que se honra con el título de "azafata", no faltará alguna denominación aplicable a esas "servidoras en busca de nombre", cuyas funciones no difieren esecialmente de otras análogas sino por razón del lugar en que se ejecutan.
Y ahora que por primera vez intervengo en la discusión, se me ocurre que cuando la compañía pidió una esquivalencia de stewardess señalaba un ejemplo y una pista que quizá hubiera convenido seguir. En primer lugar los ingleses no habían creído necesario inventar nada: se sirvieron de una palabra ya existente, procedimiento muy recomendable; como si aquí hubiéramos seguido llamado "cochera" al lugar en que antes se encerraban los coches de caballos y ahora se encierran los de gasolina. Nos habríamos evitado el ya inevitable "garage". Steward designó originariamente, ya antes de comenzar el siglo XI, al mayordomo de casa grande, a ese típico servidor, que es el más celoso depositario de las tradiciones inglesas de urbanidad. Trasladado luego ese mayordomo a los barcos (mediados del siglo XI), no por eso cambió de nombre, si bien sus funciones se fueron repartiendo poco después entre varios stewards: el de mesa, el de cubierta, el de camarote, etc. La stewardess sería, pues, exactamente la mayordoma; y no se crea que este femenino tendríamos que inventarlo ad hoc, puesto que está documentado desde el Arcipreste de Hita hasta Gabriel Miró, pasando por La Celestina, Cervantes, Harztenbusch, etc.
El empleo de la stewardess en los barcos data del siglo XIX y desde allí ha pasado a las aeronaves, siempre conservando el apelativo. Por cierto que la primera vez que aparece éste en la lengua inglesa lo hace en una traducción de La Celestina, publicada en 1631. "¡Oh fortuna variable, ministra y mayordoma de los temporales bienes!", decía la tragicomedia; lo que trasladó el traductor: "O variable fortune.. thou Ministresse and high Stewardesse of all temporal happinesse."
Al cabo de algún tiempo, la cuestión se resolvió de hecho a favor de la denominación de "azafata". Las interesadas aceptaron el nombre de buen grado, la empresa española que nos había consultado lo encontró igualmente satisfactorio y empezó a llamarlas azafatas en sus nóminas y documentos oficiales y, por último, la Academia incluyó en su Diccionario la correspondiente acepción de la palabra.


Julio Casares, El humorismo y otros ensayos (1961)

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Gamgee Cotton

Uno de los proyectos más ambiciosos en los que he participado es el estudio de la traducción de nombres propios en la obra de Tolkien. Como todos los proyectos del DTI, es una tarea de años, cuyo impulso "se enciende según medida y se extingue según medida".

Se trata de investigar cómo se han vertido al castellano los nombres en inglés de El Hobbit, El Señor de los Anillos, El Silmarillion, etc., e indagar el origen y sentido de cada nombre, para poder juzgar la traducción sobre una base firme.

La cantidad de nombres es inmensa. Se cuentan por miles. Los hay más sencillos, casos en los que dos renglones bastan para despachar cuanto haya para decir; y los hay complejísimos, que dan lugar a largos estudios, muchos de ellos no acabados todavía. Este post es un avance de parte de los resultados de uno de esos estudios.

En El Señor de los Anillos, los nombres de las familias de Sam Gamyi y Rosita Coto tienen detrás una historia compleja e interesante, compuesta de varios elementos entrecruzados. Tratemos de reunirlos.

Ante todo, en Cartas #257 se cuenta que durante las vacaciones de 1932 Tolkien entretenía a sus hijos dando el mote de Gaffer Gamgee (en castellano, "el Tío Gamyi") a un personaje local: "un vejete que solía andar de aquí para allá, intercambiando habladurías, noticias del tiempo y otras cosas por el estilo". Aparentemente no era ése su verdadero nombre: en inglés, gaffer es una palabra familiar para "sujeto, individuo, tío"; y Tolkien tomó el apellido Gamgee del gamgee tissue, nombre dado al algodón absorbente de uso quirúrgico. Procede del apellido de su inventor, el doctor S. Gamgee, en el siglo XIX (aunque aparentemente durante la infancia de Tolkien se usaba para designar cualquier algodón, cfr. Cartas #76). Por otra parte, la unión de los dos elementos "fue fundamentalmente dictaminada por la aliteración", es decir, por la aparición del sonido g al principio de cada uno. Como Gaffer Gamgee, entonces, entró el anciano a formar parte del folklore familiar, del que también fueron parte Tom Bombadil o el mismo Bilbo Bolsón.

Al escribir El Señor de los Anillos introdujo al personaje de casi inmediatamente (RS:44), a modo de broma privada; no sabiendo que su hijo Sam, quien sólo apareció mucho después (RS:280, 306, 314 y sigs.), finalmente iba a tener un papel fundamental en la historia.

Más tarde, sin embargo, cuando la estructura lingüística de la Comarca se fue ajustando y se hizo evidente su correlación con la nomenclatura inglesa, Tolkien se arrepintió de haber dado el apellido Gamgee a personajes tan importantes de su historia, porque sospechaba (probablemente con razón) que ese apellido no era de origen anglosajón. Escribió entonces a su hijo Christopher (Cartas #72): "Los hobbits de esa clase tienen por lo general nombres muy sajones; y no estoy verdaderamente satisfecho con el apellido Gamyi [Gamgee] y lo habría reemplazado por Buenchico [Goodchild] si pensara que tú me lo permitirías". Su hijo le contestó (GA:144) que "jamás desearía ver a Gamyi sustituido por Buenchico", porque Gamgee era para él "la expresión esencial de la 'rusticidad hobbit' en su aspecto 'ligeramente cómico', muy importante para el conjunto de la obra". Al recordar esto, Christopher reconoció que lo había dicho "sin comprender en absoluto su punto de vista": suponemos que al hablar de "la expresión esencial de la 'rusticidad hobbit'" tenía en mente al vejete de 1932, y no a los componentes lingüísticos del nombre. Su padre lo aceptó (Cartas #76), pero seguía dudando que Gamgee fuera inglés, y "si lo hubiera pensado al principio, habría dado a todos los hobbits nombres muy ingleses que estuvieran a la altura de la Comarca".

Pero Tolkien, abundante en recursos, halló no uno sino dos caminos para solventar esta dificultad. En primer lugar, casó al Tío con Bell Goodchild ("Campanilla Buenchico"; no aparece en todas las ediciones castellanas de los Apéndices), con lo cual Sam pasó a ser un Buenchico por parte de madre. Esto, incidentamente, recuerda el caso de Tolkien, cuyo apellido paterno era ciertamente de origen alemán, pero que (podríamos decir) se sentía mucho más heredero de su ascendencia materna, los Suffield, apellido inglés de antigua estirpe.

El segundo camino fue aun más ingenioso: imaginó un origen inglés de Gamgee en un supuesto topónimo Gamwich, compuesto de game "juego" y wich "aldea". En el Apéndice C, en el árbol genealógico de Sam, se encuentra a su tatara-tatarabuelo, Hamfast of Gamwich, nombre en el que el of revela el sentido toponímico del apellido. En la generación siguiente Wiseman Gamwich ya lo porta como simple apellido. Luego Hob Gammidge, bisabuelo de Sam, muestra variaciones fonéticas: asimilación de mw a mm, y sonorización de ch a dge. Este mismo Hob recibe el apodo de Old Gammidgy, donde Gammidgy aparentemente mantiene el acento en la primera sílaba. Su hijo Hobson es llamado a su vez Roper Gamgee. La forma Gamgee surge por síncopa de la vocal media (no acentuada) de Gammidgy, simplificación de mm y grafía alternativa de dgy como gee (sin cambio de sonido); y ya quedó formado el apellido del Tío y de Sam, desde un origen inglés imaginario.

Todo esto, por supuesto, es fantasía. Cuando en 1956 contestó a un Sam Gamgee verdadero (que le había escrito interesado por la aparición de un personaje de su mismo nombre, Cartas #184) y cuando escribió la Guía de los nombres Tolkien todavía no había averiguado nada sobre el verdadero origen de Gamgee; recién en una carta de 1971 (Cartas #324) encontramos más precisiones:

Gamgee es una cuestión muy diferente. [...] Recientemente, en el volumen dedicado a Gloucestershire (vol. III) de la English Place Names Society, me topé con formas que plausiblemente podrían explicar el curioso Gamgee como variante del no infrecuente apellido Gamage (Gammage, Gammidge). Este nombre deriva en última instancia del apellido de Gamaches .... pero los primeros registros de las formas de este nombre en Inglaterra, Gamages, de Gamagis, de Gemegis, bien podrían tener la variante Gamagi > Gamgee.

Su referencia a Samson Gamgee es, pues, muy interesante. Como que se lo menciona en un libro sobre la judería de Birmingham, me pregunto si esta familia no sería también judía. En ese caso, el origen del nombre podría ser muy diferente. No es que un nombre de forma francesa o afrancesada sea imposible para un apellido judío, en especial si está establecido en Inglaterra desde antigua data. Asociamos ahora los nombres judíos en amplia medida con el alemán y con el yidish coloquial, que es de origen predominantemente alemán. Pero la lingua franca de la judería medieval era (me lo ha dicho Cecil Roth, un amigo mío) de carácter francés o francés-provenzal.

Es necesario recordar que estas averiguaciones sobre el nombre, de todos modos, fueron muy posteriores a la redacción de El Señor de los Anillos. Mis propias investigaciones genealógicas (ejem) apuntan más bien a una forma previa Gamgay; la más antigua atestación que he hallado es recién del siglo XVIII.

Pero la historia no termina allí; es necesario entrelazarla con el apellido de la esposa de Sam, Rosita.

El antepasado más antiguo del que se tiene memoria es un tal Cottar. También es un apellido inglés existente; como sustantivo común, cottar es una variante de cotter, que proviene del inglés antiguo cot (= 'cottage, house, bed-chamber, den', según Bosworth-Toller; todavía existe en inglés moderno, aunque normalmente lo reemplaza su derivado cottage), y significa “habitante de una cabaña”. El nombre de su hijo Cotman significa "hombre de cabaña", y a partir de él todos sus descendientes (incluyendo al Granjero Coto y a su hija) llevan el apellido Cotton, que significa "pueblo de cabañas" (siendo ton la forma breve de town "población" usada en compuestos).

Como Tolkien señala en la Guía, también Cotman y Cotton son apellidos ingleses comunes, ambos con el origen y significado expuesto. Pero la casualidad ha querido que el último coincida con el sustantivo cotton "algodón" (que etimológicamente no tiene conexión con los apellidos); y he aquí que uno de los nombres del gamgee tissue, el algodón que dio origen a todo esto, ¡también es gamgee cotton!

Tolkien comentó repetidas veces este juego de palabras, como en Cartas #144, donde dice: "Como Sam era íntimo amigo de la familia de Coto (el nombre de otra aldea), tuve la tentación de incurrir en la broma hobbit de escribir Gamwich [como] Gamgee, aunque no creo que en el verdadero dialecto hobbit la broma tuviera efecto". Muy similar es el comentario en el Apéndice F: "no hubo intención de aludir a la conexión de Samsagaz con la familia de Coto, aunque una broma de esa especie habría sido bastante del gusto hobbit, si en su lenguaje hubiera alguna justificación". La referencia es bastante oscura para el lector castellano, que probablemente no disponga en principio de los datos ya expuestos aquí.

Ahora bien, hay una vuelta más en esta tuerca. Si volvemos ahora la mirada a las formas de los nombres y apellidos de los hobbits en la verdadera lengua común (de la que Tolkien habría traducido al inglés), a las que tenemos acceso en el Apéndice F pero también (y sobre todo) en el último volumen de la Historia de la Tierra Media, encontramos los siguientes equivalentes:

lengua comúninglés
galap, galab-game
bas-wick, -wich
GalabasGamwich
GalbasiGammidgee
GalpsiGamgee
hloth(o)*cot, cottage
ran(u)town, -ton
ram(a)*man
HlothramCotman
HlothranCotton

* Las formas completas hloth(o) y ram(a) provienen de los manuscritos de Marquette, y fueron publicadas en Tyálië Tyelelliéva #17.

En las series de elementos y nombres en la lengua común es evidente una derivación más o menos parecida a la que muestran las formas en inglés, pero aquí todavía hay una sorpresa adicional: aunque Tolkien dijo varias veces (como ya vimos) que en la lengua de los hobbits no era posible el juego de palabras en torno a Gamgee cotton, según vemos en Los pueblos de la Tierra Media alguna vez pensó en incluir al menos una referencia velada. En primer lugar, la pronunciacion de la lengua común en la Comarca difería en algunos aspectos de la del resto de la Tierra Media, y uno de esos aspectos parece haber sido la sonorización de hl inicial, de modo que Hlothran se pronunciaba como Lothran; dice Tolkien: "Es notable que, a pesar de que el parecido no es tan grande como el de nuestro Coto [en inglés, Cotton] y el nombre cotton, «algodón»; en L.C. las palabras luthur, luthran significaban «pelusa, lanilla»" (PTM:70). De todos modos, no había un cirujano hobbit inventor del galpsi luthran. Y si surge la pregunta de por qué no lo hizo directamente similar a la palabra en L.C. para "algodón", y prefirió "pelusa, lanilla", la respuesta está en la Guía: "Se representa a los Hobbits como fumadores de tabaco, y esto se hace más o menos creíble por la sugerencia de que la planta fue traída de más allá del Mar por los Hombres de Oesternesse (I 18); pero no hay intención de que se suponga que el algodón fuera conocido o usado en aquel tiempo". No ha de deducirse de esto que Tolkien crea que el algodón proviniese de América. La planta era cultivada en Oriente desde antiguo, pero era prácticamente desconocida en Inglaterra antes del siglo XV, y sólo ocasionalmente ingresaba el producto terminado.

Pasando por último a las adaptaciones al castellano de este complejo de nombres, hay que tener en cuenta, ante todo, que es muy difícil que cualquier juego de palabras en un idioma se preste para mantenerse en la lengua de traducción, por hábil que sea el traductor. Tolkien mismo lo reconoció en la Guía, refiriéndose a la similitud entre el apellido Cotton y el sustantivo cotton: "Dado que es muy improbable que en cualquier otra lengua un nombre popular normal y frecuente recuerde de algún modo al equivalente de cotton (el material), esta similitud en el texto original puede pasarse por alto. No tiene importancia para la narración".

Sin embargo, el traductor en este caso, en vez de elegir para Cotton entre uno de los dos significados (preferentemente el de "conjunto de cabañas", según la indicación de Tolkien en la Guía; podría haber sido Cabañal), prefirió una adaptación fonética como "Coto", aunque en castellano "coto" significa ante todo "terreno cercado". Al mismo tiempo, redujo el sistema de tres elementos Cottar, Cotman y Cotton a dos solamente, "Cottar" y "Coto"; es decir, mantuvo el primero (no interpretable en castellano) y unificó los dos siguientes.

Con respecto al apellido de Sam, la indicación de Tolkien fue que se mantuviera con las adaptaciones fonéticas necesarias, ya que no resultaba analizable (recordemos que hasta el final de su vida estuvo tratando de averiguar su origen); el traductor en este caso siguió la indicación, pues Gamgee y "Gamyi" se pronuncian de modo muy similar. Podemos suponer entonces que Tolkien se resignaba a perder la etimología que había inventado, porque al igual que en el caso anterior debía ser consciente de que era muy difícil que el nuevo idioma se prestara. Queda por decidir qué se hace con las formas anteriores del apellido.

En este caso el traductor parece haber intentado un juego similar, pero poco afortunado. Mantuvo la forma más arcaica (como "Gamwich"), pero transformó Gammidge y Gammidgy en "Gammini". Poco afortunado, decimos, porque es imposible explicar "Gammini" (con el aire italiano de su terminación), como derivado del muy inglés "Gamwich" y también como antecedente del oscuro "Gamyi". Mucho más adecuado que esta mezcla hubiera sido mantener las formas originales, aunque no fueran analizables, para no perder al menos la coherencia lingüística.

martes, 22 de septiembre de 2009

Mi palabra favorita

Éramos una docena los que estábamos reunidos en la espaciosa y acogedora sala que daba al jardín. El anfitrión, uno de los miembros de la compañía para la que trabajo. El lugar, Houston, Texas. Todos los presentes pertenecián a la clase de los modernos trotamundos, que por motivos laborales han conocido gran parte del orbe y chapurrean o adivinan varios idiomas. Las condiciones ideales para la pregunta que quería hacerles:

-What is your favorite spanish word?


Enseguida todos se pusieron a rebuscar en su memoria. Déjemoslos por un momento concentrados en esa actividad, para intercalar una reflexión. Ahora que llevo décadas de familaridad con el inglés, me siento muy poco capaz de elegir palabras que me gusten o disgusten de ese idioma. Pero recuerdo bien que en mi infancia algunas palabras de esa lengua incomprensible pero omniopresente me deslumbraban. Tal vez la más mágica de todas era butterfly. A veces lo que nos atrae o repele en una palabra son las asociaciones que evoca (como jitanjáfora, por ejemplo, o como compota, que sospecho era la principal razón por la cual mis hermanos y yo no queríamos probar la compota). Pero en butterfly la magia estaba exclusivamente en el sonido.

Tolkien era especialmente sensible al sonido de las palabras. Parece que una de sus expresiones favoritas en inglés era cellar door.
Most English-speaking people...will admit that cellar door is 'beautiful', especially if dissociated from its sense (and from its spelling). More beautiful than, say, sky, and far more beautiful than beautiful.
(English and Welsh, essay, 1955)
Pero volvamos a nuestros amigos de Houston, que ya se han decidido.
Jerry, que no es demasiado ducho en español, opta por la palabra mañana, y menciona también la frase nada de nada, que le parece muy curiosa. Ambas expresiones tienen la misma musicalidad aliterada.
Víctor, que en cambio es políglota y domina la lengua de Cervantes, se inclina curiosamente por la palabra facultad; dice que siempre le gustó, pero no puede explicar mucho por qué.
Nuestro anfitrión, Don, confiesa que su palabra castellana favorita es entonces. "Me hace sentir importante", agrega, y todos rien. Yo no logré entender dónde estaba la gracia, aunque debía haber allí un juego de palabras. Tuvo que explicármelo él. Para un oído inglés, entonces suena a "And Don says". Cada vez que escucha una conversación en castellano, le queda la agradable sensación de que lo citan frecuentemente para refrendar alguna aseveración.
Kathy, que ha tomado clases de español y ama el sonido de nuestra lengua, dice que hay una en especial que le parece la más bonita que existe, y se descubre repitiéndola una y otra vez. ¿De qué palabra se trata? Pues de la palabra palabra. "Palabra, palabra", exclama con ojos soñadores. También le fascina la palabra sueño. "Sueños y palabras" declamo yo teatralmente, y ella suspira más teatralmente aun.
Por último responde Jeff. Es un enamorado del castellano, y tiene algo de pintor y de poeta. Entre las palabras que le gustan tienen un lugar especial albóndigas y madrugada. ¡Qué linda la palabra madrugada, qué sabrosa ha de ser la albóndiga! Pero hay una palabra, agrega con aire misterioso, que conoció en España, y que es la más hermosa que pueda existir en cualquier idioma. Se puso de pie y la pronunció con morosidad y delectación, como quien recita un poema:

Guadalquivir.

Luego sonrió, y me preguntó si no tenía razón. "Sí", le dije, porque sentía que acababa de descubrir yo también mi palabra favorita.


El río Guadalquivir y la ciudad de Córdoba

viernes, 11 de septiembre de 2009

Vichando palabras a la luz de la vela

Terminé de leer ayer Don Segundo Sombra. Mi profesor de primer año de la secundaria nos había encomendado esa tarea, pero en su momento sólo tuve tiempo para hojear apresuradamente algunos capítulos, los justos para aprobar el examen, y como lo que leyera me gustara, me dije que apenas pudiese retomaría la novela para leerla con la atención que se merecía.

Ese “apenas pudiese” se demoró 32 años, pero finalmente llegó, y ha sido un enorme placer. Este libro de Ricardo Güiraldes es el homenaje más conmovedor y concienzudo que he visto a la gente de campo del Río de la Plata, a los gauchos del siglo XX, los domadores y reseros que surcan la pampa en intimidad con su vasto silencio.

A la hora de recomendar la lectura de Don Segundo, me asaltan las dudas. Ciertamente se hará cuesta arriba a los que estén muy ajenos al vocabulario de la región. Y los que buscan sobre todo una trama interesante encontrarán que ésta es lineal y desprovista completamente de intriga. Pero la prosa de Güiraldes es un prodigio de poesía, simple y viril como sus troperos, una amalgama feliz de vocabulario gauchesco y estilo refinado.

Don Segundo Ramírez,
inspiración de Don Segundo Sombra

Entre las cosas que más me conmueven en libros como éste se encuentra el rescate de palabras populares que marcan un lugar y una época, y que siempre corren el albur de perderse. Qué mejor que quedar cristalizadas en un párrafo de Don Segundo Sombra, ¿no?

Por ejemplo, el verbo vichar.

Detrás de unos junquillales voló de golpe una bandada de patos, apretada como tiro de munición. El bayo Comadreja plantó los cuatro vasos en una sentada brusca y bufó a lo mula. Quedamos todos quietos, en un aumento de recelo.

Atrás de los junquillales vimos azulear una chapa de agua como de tres cuadras. Volaron bandurrias, teros reales y chajás. Parecían tener miedo, y quedaron vichándonos desde el otro lado del charco. Sabían algo más que nosotros. ¿Qué? (Capítulo XV).

Yo estoy sospechando que el verbo vichar, que mi madre usa tanto, ha de estar perdiéndose. Ya casi no lo escucho, ¡y es tan expresivo! Qué curioso es el cariño que solemos desarrollar por algunas palabras, en especial ésas que no forman parte de la lengua estándar y se circunscriben al ámbito familiar.

Vichar es un término que hasta donde yo sé se usa sólo en el Río de la Plata (es decir, Argentina y Uruguay). Significa "observar con disimulo", "espiar", o simplemente "dedicarse a observar muchas cosas", como cuando mi mamá dice que estuvo "vichando vidrieras".

¿De dónde viene este verbo? No se trata de una alteración expresiva de ver, como podría llegar a conjeturarse, sino que es un brasilerismo, como suele pasar con muchos términos del Río de la Plata (los gauchos de la época colonial no sabían de fronteras políticas). El término portugués es vigiar (gallego vixiar), que se pronuncia muy parecido a nuestro vichar, y significa "vigilar, observar atentamente, observar con disimulo".

Por supuesto, vigiar proviene del latín vigilare. Vigilare era estar despierto haciendo guardia, especialmente por la noche, mientras otros dormían. La acción de transcurrir despierto las horas destinadas al sueño es, como sabemos, la vigilia. La raíz indoeuropea de esta palabra es *wog-/*weg, "estar vivaz, sentirse fuerte", que a través del latín nos dio también vigor, veloz, vegetal, etc., y en inglés, a través del protogermánico wakan, la palabra que designa la guardia noctura (watch), y el hecho de estar despierto (awake).

Pasar la noche despierto es pasar la noche en vela, porque vela es el descendiente patrimonial directo de vigilia (que dio veglia en italiano). Si alguna vez se preguntaron qué relación hay entre una vela (="candela") y la vela de un barco, la respuesta es: etimológicamente, ninguna. La vela del barco es el plural latino de velum ("velo", "cortina"), del cual nos llega develar, revelar, veladura. La vela que encendemos en el candelabro, en cambio, comenzó a llamarse así por ser la compañera más usual de una noche de vigilia, es decir, una noche de vela.

En estos lares la palabra por excelencia para hablar del tubo de cera con un pábilo dentro es vela. No se usan ni candela ni bujía, y cirio está confinado a la vida religiosa. Pero si vela goza de buena salud, su pariente vichar no puede decir lo mismo. Así que tributémosle aquí nuestro pequeño homenaje de vigías en la noche, que puede servir para que su llama no se apague del todo. Y cantemos, con Celedonio Flores:

Se vino la noche
copándose al sol
y sobre los campos
su manto tendió.

El ojo 'e la luna
se puso a vichar,
farol de los gauchos
en la "escuridá".

Por el sendero
gimiendo va
una carreta que va pa'l poblao
hamacándose de aquí para allá,
mientras sentado en el pértigo va
el viejo Pancho Aguará.

(Farol de los gauchos, zamba, música de Eduardo Pereyra y letra de Celedonio Flores )

martes, 25 de agosto de 2009

Amarillo

Hoy, amigos hurgapalabras, quisiera hablarles del color amarillo. El hilo de las ideas que me lleva a él es algo antojadizo, así que pido toda la paciencia disponible.
Recientemente Minotauro volvió a poner en circulación nuestra traducción de los trece poemas que constituyen Las Aventuras de Tom Bombadil, esta vez incluyéndolos en el volumen Cuentos desde el Reino Peligroso. Al decir “nuestra traducción” aludo a un grupo de audaces aficionados que hace once años dimos en volcar tales poemas al castellano, sin pretensiones de publicación ni demasiada prisa, como una forma de leerlos en profundidad, de aquilatar su riqueza léxica y rítmica.
El mundo era distinto hace once años; había menos ruido y más verdor. Me refiero, claro, al mundo de Internet. Por ejemplo, prácticamente nadie en la lista Tolkien tenía acceso a los originales de esos poemas, y al principio fuimos consiguiéndolos de versiones impresas y transcribiéndolos con cuentagotas y considerable emoción.
De ese proyecto entrañable (que otros con más constancia y saber llevaron a buen puerto) me queda el orgullo de haber dado el puntapié inicial, aunque mi intención era modesta: tan sólo pretendía que tradujésemos el poema que da nombre al libro. Y la primera rima que resolví fue la de estos dos célebres versos:
Old Tom Bombadil was a merry fellow
Bright blue his jacket was and his boots were yellow
El color amarillo de las botas de Tom es uno de esos rasgos gratuitos y aparentemente casuales que sin embargo calan hondo y hacen a la dimensión poética del personaje. A lo largo de los años me descubro una y otra vez musitando esos versos y su rima como si tuvieran un no sé qué de fórmula mágica, y cuando lo hago pienso en el color amarillo –o más que en el color, en la palabras yellow y amarillo.



Siempre me ha intrigado el hecho de que mientras tantos idiomas occidentales han adoptado la misma palabra para hablar de este color, nuestro idioma haya preferido un término completamente distinto.
El yellow inglés (geolu en inglés antiguo) es etimológicamente hablando el mismo giallo del italiano, jaune del francés (que antiguamente era jalne), gelb del alemán, želvas del lituano, y un largo etcétera de derivados de la raíz proto-indoeuropea *GHEL- que pueden rastrearse por toda Europa y más allá, en el polaco, ruso, sánscrito, avesta, etc.
Lo curioso de esta raíz *GHEL- y de sus descendientes es que en ella se confunden las nociones de amarillo y verde. Tanto el latín galbus, galbinus como el griego khloros (del que proviene nuestro cloro) estaban por “amarillo verdoso”. En griego, la bilis (amarillo verdosa) era kholos. En ruso verde es zelenyj y amarillo es zeltyj. Hay quien opina que la confusión entre verde y amarillo puede deberse al hecho de que estos nombres de colores se habrían aplicado principalmente a la vegetación, que oscila durante el año entre ambos tonos. Pero otro origen interesante es el que nos sugiere kholos=”bilis”. El cambio de color en la piel de quienes se ven afectados por desarreglos biliares ha sido muy estudiado por la medicina antigua, e inspiró una teoría completa de los humores corporales (que a su vez nos ha regalado una cornucopia de términos como melancolía, atrabiliario, sanguíneo, flemático, colérico, y la misma noción de Humorismo).


Pero si *GHEL- =”amarillo” triunfó en tantos idiomas, ¿cómo es posible que no haya cruzado los Pirineos? ¿Hay acaso algún rastro de esta palabra en español?
Pues bien, ¡sí lo hay!, aunque se trata de un descendiente que ha caído hoy en algo muy parecido al olvido. Me refiero a la palabra jalde.
jalde.
(Del fr. ant. jalne, y este del lat. galbĭnus, de color verde claro).
1. adj. Amarillo subido.
(RAE)
Así que ¡ya ven! Tenemos, después de todo, a nuestro jalde, pariente cercano de yellow. El término es de rancia prosapia ibérica. Ya Alfonso el Sabio escribía en su General Estoria, hacia 1270:
E aquellas mugieres que afeitavan a Josep pusiéronle una redeziella sobre los cabellos labrada con aljófar e con piedras preciosas, e vistiéronle paños de seda jalde labrados con oro e con plata a señales de ruedas vermejas por sus logares otrossí con oro.
El término jalde se usó especialmente para describir sedas y pañuelos, y también como nombre de un mineral muy tóxico, el sulfuro de arsénico, más conocido como oropimente, que fue uno de los pocos colorantes de tono amarillo anaranjado usados históricamente por los pintores hasta que en el siglo XIX se descubrió el Amarillo de Cadmio.
No podemos afirmar que el término esté muerto. El CORDE me enseña que Azorín lo emplea un par de ocasiones, y Antonio Machado dice en Otras canciones a Guiomar:
Abre el rosal de la carroña horrible
su olvido en flor, y extraña mariposa,
jalde y carmín, de vuelo imprevisible,
salir se ve del fondo de una fosa.
Sería bueno revivir un poco a jalde, ¿no? Sobre todo lanzo esta sugerencia a los poetas, que pueden sacar provecho del encanto que tienen las palabras no ajadas por la cotidianidad.
Y nos toca ahora hablar de amarillo. ¿De dónde proviene esta palabra? Si, siguiendo la contundente refutación de Corominas, desestimamos la teoría de Mahn sobre una relación con ámbar, nos queda la version más aceptada por los etimólogos, que sostiene que nuestra palabra proviene del latín amarus=”amargo”. Démosle la palabra al susodicho Corominas:
[…] hemos de partir de AMARUS, AMARELLUS como nombre del bilioso. Aquí sí se trata de una coincidencia entre lo amargo y lo amarillo conocida de todo el mundo y ampliamente debatida por la medicina antigua, con hondas raíces populares. Ya Galeno, que a su vez se funda en Hipócrates, al hablar de la bilis llamada amarilla (ξανθή), a distinción de la bilis negra, atra bilis o melancolía, dice que se la llama también bilis pálida (ωχρά) o amarga (πικρά) y en otro paisaje agrega que los médicos en lugar de bilis (χολή), solían decir τήν πρικάν τε και ξανθήν. Ahora bien, si a los ictéricos o biliosos les llamaron los médicos griegos, desde Hipócrates, πρικοχóλους ´los de hiel amarga´, nombre cuya resonancia rabelesiana está en la memoria de todos, ¿será mucho suponer que el latín, menos acostumbrado a la formación de compuestos, tradujera esto con una palabra simple llamando AMAROS a los ictéricos, o bien AMARELLOS? Con este diminutivo, que el pueblo empleó al principio para dar salida a la compasión que le inspiraban estos enfermos, quedaba cortado el vínculo con AMARUS ‘amargo’, y la separación se ahondó al cambiarse en iberorromance amaro por amargo; desde entonces la conciencia popular, olvidada la idea de amargor, ya no recordó más que el carácter más visible del amarellus o ictérico, su palidez amarillenta […]
Sigue Corominas explicando que en lo antiguo amarillo es más sinónimo de "pálido" que equivalente al color del azafrán. Acoto yo otro dato de interés: en inglés, hay una doble relación etimológica entre la ictericia y yellow: por un lado, ictericia se dice jaundice, que proviene del francés jaune="amarillo". Por el otro, “bilis” se dice gall, que es otro derivado de la raíz *GHEL- ="amarillo". Así que –después de todo- yellow y amarillo no están tan alejados; al menos, se unen a través de la bilis.
Resulta un poco desalentador que un color tan hermoso y cargado de simbolismo como el amarillo esté tan ligado históricamente a los desarreglos digestivos, ¿no es así?
Para que esta etimología no nos deje un gusto amargo, cerraré el artículo con un comentario de alto vuelo: otro pariente de galbinus en latín era galbulus, un pájaro amarillo, tal vez la oropéndola, que en inglés se llama golden oriole. Golden y gold, dicho sea de paso, vienen ¡ellos también! de la raíz *GHEL-. Y voy a coger la ocasión al vuelo para presentar aquí a los nuevos ídolos de mi panteón musical, los incomparables Mills Brothers, cantando una canción que se ha constituido en mi favorita. Su título es… Yellow bird! En ella el narrador, como un nuevo Tom Bombadil, le canta a un pájaro amarillo sus desventuras amorosas, y los compases transcurren morosa, deliciosamente, como si nos hubiésemos sacado las botas jalde y estuviésemos remojando los pies en un remanso del río Tornasauce.


miércoles, 12 de agosto de 2009

Chalilos carnavaleros

Inauguramos hoy lo que esperamos sea una fecunda apertura del blog a los lectores que se atrevan a sumarse a Hurgapalabras como redactores de artículos. Roberto Bahamonde Andrade, alias "El agrónomo hurgapalabras", alias "El chilote", se ha decidido a tomar la pluma y contarnos esta excelente historia de vida y palabras:



En los bosques de Chile hay un insecto del orden de los isópteros (termitas) que fue mi terror durante la infancia. Ocurre que durante la tarde-noche del vuelo nupcial salen miles y miles intentando aparearse y fundar una nueva colonia en algún viejo árbol o en las paredes de alguna casa, por el camino entran a las cocinas-comedores-salas de estar que se estilan en el sur de Chile, se meten por la ropa, pierden las alas y se ponen a caminar. Son rojos, de largas alas blancas y dicen que muerden, pero aunque he tenido varios en el cuello o las orejas nunca me hicieron nada (descubrir eso no me quitó el miedo). Cada vez son más escasos, por la destrucción de los bosques y hace varios años que no veo uno.



¿Su nombre? El científico es Porotermes quadricollis y la denominación de libro es "termita de madera húmeda", por sus hábitos de vida, pero los nombres populares para las formas aladas son muchos y varían de norte a sur. En la zona de Santiago los llaman perras pelás < "perras peladas" o vacas pelás y también pájaros de a peso, o con algo más de formalidad aludos. Más el sur, en la Araucanía, Valdivia y Osorno los llaman trintraros (del mapudungun trüntraru) y en Chiloé y sus alrededores son chalilos, jocosamente chalilo patas de hilo. Y la etimología del nombre usado en Chiloé es lo que deseo compartir con ustedes, y de paso, contar algunas cosas de estas islas.

Una vista de Chiloé

Como muchas veces estos insectos lograron que escapara a encerrarme en el baño o mi dormitorio, fue natural que al salir a estudiar al continente preguntara si había chalilos y así fui aprendiendo los demás nombres. Pero, ¿de dónde procede chalilo?

Lo usual es que los nombres chilotes de plantas y animales provengan del mapudungun, la lengua mapuche, o que sean palabras castellanas "recicladas" para designar seres vivos semejantes de alguna manera a aquellos de Europa que les dieron nombre (así, tenemos robles, alerces y gallaretas). Yo habría creído que el nombre era mapuche, pero contra eso estaba el hecho de que en esa lengua se llaman trüntraru y algo de verdad extraño: que el momento del año en que aparecen no sólo es conocido como La Noche de Chalilos, sino también como San Chalilo. Este [para mí] temible día cae siempre el Miércoles de Ceniza según la creencia y lo cierto es que llegaba sin falta en lo más cálido de febrero, aunque cálido sea un decir, a lo mucho 25 grados en el día y unos 14 en la noche.

¿Será entonces Chalilo algún santo o el sobrenombre de un santo? Por supuesto, el santoral del calendario no muestra nada parecido y no parece haber un nombre nombre cuyo acortamiento o deformación sea "Chalilo". Además, no hay ninguna historia acerca de ese ¿santo?, más allá de darle nombre de esa noche en que aparecen los chalilos patas de hilo. Debo aclarar que la alusión a las patas es solo una rima chistosa, como "hola, ratón con cola" o "Carolina, la vecina", pero que Patas de Hilo es uno de los eufemismos que usan más al norte para aludir a Satanás; mientras en Chiloé es solamente El Malo o Satanás a secas, en otras partes de Chile tiene una colección de nombres relacionados con el aspecto que se le atribuye, tales como el Cachudo, el Cola de Flecha o el ya mencionado.

Este hurgapalabras aficionado quedó hasta ahí, perdido entre santos que no existen, noches pobladas de insectos en vuelo nupcial y el Miércoles de Cenizas. ¿Será que son unos chalilos muy devotos? ¿O no?

Para enredar más la historia, supe que hace mucho, quizás hasta los años cincuenta, en Chiloé se celebraba el carnaval y se llamaba Fiesta o Carnaval de Chalilo, dicen que las diversiones consistían sobre todo en que los chicos combatían contra las chicas en guerras de agua. Eso significaría que tal vez estos insectos ocuparon la mente de otras personas y tanto que hasta nombraron al carnaval con su nombre por la coincidencia de fechas. Sin embargo, mientras leía acerca de los desaparecidos carnavales de Chile, apareció la respuesta al misterio en un comentario sobre Rodolfo Lenz y su Diccionario de las voces chilenas derivadas de lenguas indígenas. Lenz era un filólogo alemán que llegó a tener grandes conocimientos de la lengua mapuche y del castellano chileno, al cual le atribuía una gran influencia del mapudungun y llegó a afirmar que el habla vulgar chilena era "español con sonidos araucanos", lo que desató una famosa polémica con Amado Alonso.

Pues bien, lo que decía la referencia era que estos carnavales eran llamados chalilones o chalilos, cuyo origen es chalilün, despedirse, o chalilon, un término compuesto formado por chalin, "despedir" e ilo(n), "carne". Es decir, se trataría de una denominación mapuche del carnaval, presumiblemente un neologismo eclesiástico modelado sobre "dejar la carne", una de las etimologías supuestas para "carnaval".

Después de todo, los chalilos no eran unos devotos observantes del inicio de la Cuaresma, sino unos parranderos dispuestos a hacer coincidir su luna de miel con las locuras de Carnaval."

Roberto Bahamonde Andrade
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sábado, 8 de agosto de 2009

Dinna ken

Uno de esos golpes de suerte que hacen pensar que en alguna otra vida uno debe haberse portado bien me llevó a adquirir hace poco, por un precio absolutamente irrisorio, cuatro antiguos y gruesos volúmenes de las Waverley Novels de Walter Scott (Adam and Charles Black, 1877). Como corresponde, los estoy devorando a conciencia y en su correcto orden. ¿Qué son? Una serie de novelas (cuento 27 en esta edición), más o menos históricas, publicadas en principio anónimamente con las que el erudito Scott quiso rendir tributo a su patria, su gente, sus costumbres, sus leyendas y su lengua.

Hablamos de Escocia, por supuesto. Entre ellas se cuentan las muy famosas Rob Roy, Ivanhoe y Quentin Durward. Algunos prefieren las más medievales y menos escocesas, como estas últimas; pero el verdadero espíritu de esta serie está en las que se refieren a la época de infancia y juventud del autor, o de sus padres, y se refleja del mejor modo posible en el subtítulo de Waverley, la primera de la serie: "Hace sesenta años" ('Tis Sixty Years Since) - que en realidad empezó siendo "Hace cincuenta años" en 1805, y se cambió diez años más tarde para una reedición, probablemente porque Scott se dio cuenta de que no podía seguir actualizando el subtítulo indefinidamente. La nostalgia por la vida y las costumbres de una época que se va perdiendo aplastada por la vertiginosa actualidad (de principios del siglo XIX, claro está) impregna todas las páginas. Su conservación en forma de literatura, con copiosas notas al pie, fue sin duda el mejor camino para evitar el olvido, y Scott lo recorrió como nadie.

En lo que más interesa a este blog, la lengua, el autor no dudó: transcribió a cada paso el habla popular, el inglés-escocés del que queremos dar algunas muestras en este post.

En Guy Mannering, cap. III, habla Meg Merrilies:

'Aweel, Ellangowan,' she said, 'wad it no hae been a bonnie thing, an the leddy had been brought to bed, and me at the fair o' Drumshourloch, no kenning, nor dreaming a word about it? Wha was to hae keepit awa the worriecows, I trow? Ay, and the elves and gyre-carlings frae the bonnie bairn, grace be wi' it? Ay, or said Saint Colme's charm for its sake, the dear?' And without waiting an answer she began to sing -

Trefoil, vervain, John's-wort, dill,
Hinders witches of their will,
Weel is them, that weel may
Fast upon Saint Andrew's day.

Saint Bride and her brat,
Saint Colme and his cat,
Saint Michael and his spear,
Keep the house frae reif and wear.

La primera vez que vi este tipo de lenguaje, y huí espantado, fue en los novelones religiosos de George MacDonald, aquel disidente "medio enamorado de la muerte mansa". El buen autor de obras fascinantes como Phantastes, Lilith o At the Back of the North Wind, por no hablar de historias más ligeras como The Princess and the Goblin o The Light Princess, es responsable también de interminables relatos sobre gente bastante más común, dedicada a resolver sus conflictos en las páginas impresas en vez de hacerlo en la intimidad. Incluso quienes admiran a MacDonald suelen encontrarlas pesadas, aunque a veces la penetración psicológica y filosófica sea apreciable. Estoy seguro de que a ello contribuye el que el autor haya tomado a sus personajes de entre sus paisanos y los haga hablar como tales. Como botón de muestra leemos en Donal Grant, cap. I:

"Aweel, gien ye'll condescen' to advice frae an auld wife, I'll gie ye a bit wi' ye: tak na ilka lass ye see for a born angel. Misdoobt her a wee to begin wi'. Hing up yer jeedgment o' her a wee. Luik to the moo' an' the e'en o' her."

En realidad, con un poco de práctica se llega a deducir prácticamente todas las equivalencias hasta que se puede leer de corrido y empezar a disfrutar del dialecto en su forma escrita. Por mi parte, de momento, en lo que hace al MacDonald escocés no he pasado del cautivante The Wow O'Rivven (o The Bell), donde apenas se lee más dialecto que el penetrante grito Come hame! Come hame! Tal vez ayude el que la protagonista en un principio entienda tan poco como uno qué significa. Pero ya lo retomaré - cuando termine la veintena de novelas de Waverley que me quedan.

Pasemos ahora a un par de humoristas del siglo XX. En primer lugar, mencionamos el otro día al Charteris de Wodehouse, que cuando hablaba con el escocés McArthur entremezclaba expresiones dialectales, como en I ken it weel, ma braw Hielander. Son todas palabras y frases que se hallan sin esfuerzo en Scott; Charteris es un joven leído, y cita sin esfuerzo a Shakespeare, Bierce o Tennyson.

Pero las suyas son sólo frases aisladas. En segundo y último lugar hablemos de Pratchett, a quien también mentamos hace poco. Algunas de sus últimas novelas forman una serie notable, centradas en las aventuras de Tiffany Aching: The Wee Free Men, A Hat Full of Sky y Wintersmith. En ellas usa descaradamente formas dialectales para caracterizar el habla de los Nac Mac Feegle. Estos seres diminutos, azules, pelirrojos, borrachos, juerguistas y pendencieros, concebidos sobre una mescolanza de tradiciones escocesas y gaélicas, hablan una versión mixta de dialectos con predominio escocés. Al darles voz Pratchett es mucho más escaso en dialectalismos que los dos primeros autores, porque a él, por lo menos, sí le importa que lo entiendan.

En un mundo donde la ortografía es algo que le pasa a los demás, estos personajes se encuentran con una de las más logradas creaciones del autor, la niña Tiffany, pichón de filólogo que ha aprendido a leer y escribir con un diccionario que ¡ay! no incluye las pronunciaciones. Lo ha leído de corrido (autodidacta como es, nadie le explicó cómo se usa). De modo que en The Wee Free Men leemos:

'Aye, the Quin,' said Rob Anybody. He looked at Tiffany with bright, worried eyes. 'Ye dinnae ken o' the Quin? An' you the wean o' Granny Aching, who had these hills in her bones? Ye dinnae ken the ways? She did not show ye the ways? Ye're no' a hag? How can this be? Ye slammered Jenny Green-Teeth and stared the Heidless Horseman in the eyes he hasnae got, and you dinnae ken?'

Tiffany gave him a brittle smile, and then whispered to the toad, 'Who's Ken? And what about his dinner? And what's a wean of Granny Aching?'

El sapo le explica que ken es "saber", y que no hay ninguna cena de por medio. Pero a la pobre Tiffany la lengua de los Nac Mac Feegle (por no hablar de su perspectiva del mundo y la vida) le va crispando los nervios, y poco más adelante, cuando se da cuenta de lo que se espera de ella, explota:

'Ye dinnae ken the way?' said Rob Anybody.

It wasn't what she'd been expecting. What she had been expecting was more like 'Ach, ye cannae do that, a wee lass like you, oh dearie us no!' She wasn't so much expecting that as hoping it, in fact. But, instead, they were acting as if it were a perfectly reasonable idea -

'No!' she said. 'I don't dinnae any ken at all! I haven't done this before! Please help me!'

Terminarán ayudándola, aunque como es de suponer Tiffany a veces hubiese querido que se quedaran bajo tierra. No nos compete: a este blog le basta con que asomen la cabeza y dejen registro de su particular habla.

En este post no me he molestado en traducir las citas ni los chistes. Podríamos armar fácilmente un vocabulario básico: ken = know, gie = give, ilka = each, frae = from... pero la parte entretenida, y lo que, con la predisposición de espíritu necesaria, puede prestar un encanto particular a este tipo de lectura es precisamente el desafío de ir avanzando y deduciendo sin ayuda de diccionarios. Esto sólo se logra insistiendo, leyendo muchas páginas aun cuando se entienda no más de la mitad. No es raro llegar al vigésimo capítulo de una novela y recién en ese punto descubrir el sentido de la palabra unco, que hubiese iluminado muchos pasajes anteriores - y ya no es tiempo de volver atrás. Y para quien tenga berretines de lingüista, descubrir de a poco las diferencias fonéticas con el inglés estándar puede ser apasionante, especialmente cuando ayuda a adivinar significados y relaciones: a poco de estar leyendo se hace evidente, por ejemplo, la naturaleza de mair, ain, mither. Pero no vamos a develar el misterio aquí.

sábado, 4 de julio de 2009

Dos de Zamora Vicente

Hojeando Dialectología española de Alonso Zamora Vicente (2ª ed., Gredos 1970) encuentro dos notas curiosas acerca del origen de dos expresiones calificadas allí de típicamente argentinas, aunque la segunda aparentemente no es tan local: de arriba (con el sentido de "gratis") y sangre en el ojo.

Vamos a transcribir las dos notas, pero como los orígenes propuestos para ambas expresiones no son demasiado difíciles el lector puede detenerse en este punto y recurrir a su ingenio, sagacidad o como quiera llamarlo para adivinar o deducir cada uno. ¿Dónde nacieron expresiones como "viajar de arriba", "llevársela de arriba", etc.? Y ¿por qué del que guarda rencor por algo se dice que "se queda con la sangre en el ojo"? Compruebe su puntaje al final del post.

Dice Zamora Vicente del primero:

Algunos de estos arcaísmos, en frases por ejemplo, son muy ilustradores de cómo la vida de la colonia se reducía de contenido frente a la metrópoli. Así, por ejemplo, la expresión argentina de arriba 'de gorra, gratis, algo logrado a costa de alguien' es una frase que procede de la lengua de los místicos. Del sentido de 'lo que viene del cielo' se pasa fácilmente a 'sin comerlo ni beberlo'. "Mira, señor, que esta enfermedad te viene de arriba porque has injuriado a Cristo", dice el Padre Granada (Símbolo de la Fe, BAE, VI, pág, 364a). Santa Teresa insiste en ese valor de 'enviado por Dios' (Las Moradas, Clás. Cast., I., págs. 155-156). No fue precisamente el territorio del Plata lugar para que el delgado vivir de la religión tuviese un alto cultivo. El valor semántico descendió al actual: "No hay duda, pero mi padre / dice que no te reciba, / que vos no venís por mí, / sino por comer de arriba", dice una canción popular del Uruguay. Se va al cine de arriba, se come de arriba, etc. Es el peninsular de gorra.

¿Será cierto? ¿Tan ajeno está este país a lo de arriba (por seguir usando frases de místicos) como para que aquí, y sólo aquí, la frase haya adquirido connotaciones tan propias de lo de abajo? Zamora Vicente en La otra esquina de la lengua (1995) sigue diciendo más o menos lo mismo:

Idéntico proceso ha recorrido la locución de arriba, tener o recibir algo de arriba. Empleadísima por los místicos y por la literatura religiosa en general, designaba el favor divino, el descenso gracioso de la divinidad hasta nuestras penas y desventuras. Y así, "llovido del cielo", puede oírse alguna vez. Pero la vida pampeana no se hizo bajo el peso de los santos, sino con otra andadura. Y hoy el habla argentina conserva de arriba con el valor de "gratis, de regalo". Muy cerca de nuestro tener o lograr algo de gorra. Se va al cine de arriba, se come de arriba, etc. Se quedó atrás el primer significado. El segundo, nuevo, campa por sus respetos abiertamente. Tan solo ha sobrenadado la idea del favor, de lo que se consigue o pasa sin comerlo ni beberlo.

¿Acertó el lector? No era tan difícil. Anotemos que la lengua de los místicos, a su vez, toma la expresión del vocabulario neotestamentario: "toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto (desursum)" (Santiago 1:17), "No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba (desuper)" (Juan 19:11), etc.

Vamos al segundo ejemplo. Dice Dialectología:

Aún es más ilustrador otro ejemplo argentino: la frase tener sangre en el ojo (o andar, estar con sangre en el ojo) vale por 'resentimiento, necesidad de venganza, ira contenida'. Así figura varias veces en la poesía gauchesca. Es una expresión española de gran predicamento y antigüedad. Correas define: tener sangre en el ojo por 'tener estimación de su honra y ante sus ojos la noble sangre de do viene'. El Diccionario de Autoridades insiste en el valor de 'punto de honra', 'casta, perjuicio'. Así se usó frecuentemente en el lenguaje clásico (Guillén de Castro, Tirso de Molina, etc.). Quevedo se burló agriamente de la frecuencia de ese uso. De todos modos, el sentido de 'honra' se perdió y quedó sólo el de 'venganza, rencor, furia', cambio debido a la peculiar estructura del Plata, donde no hubo un solo título de nobleza y donde la vida se organizó de modos diversos.

En La otra esquina se extiende algo más:

La frasecilla ser de o tener sangre en el ojo era abrumadoramente usada en la lengua de los siglos XVI y XVII. Quizá fue conocida en el XVIII, pero debió de entrar en franco declive con las nuevas costumbres afrancesadas. Significaba "tener muy en cuenta el linaje a que se pertenecía, estar atento a la defensa de la propia honra, de la condición social de pertenecer a la casta nobiliaria". Y así figura, sin observación alguna, en nuestro diccionario. Como frase de la lengua coloquial, ya la recogió Correas en su Vocabulario de refranes y frases, lo que es testimonio excepcional de su abolengo. Era muy natural que en una sociedad corroída por los prejuicios de casta, a vueltas siempre con el honor y el prurito del limpio nacimiento, la frasecilla surgiera a cada paso, plena de sentido. Quevedo, con su aguda ironía, se burló de la frecuencia de su uso. Para el gran satírico, la frase, erosionada por el énfasis mantenido en el uso coloquial, más que a la honra aludía a las almorranas. (Lo dice él, Quevedo, hombre que creía en lo que la frase afirmaba y servía). ¿Podremos considerarla arcaica? Parece que sí. Ya no tiene sitio en nuestras estimaciones sociales. ¿Eliminarla del repertorio general? No: la frase vive en el habla popular de la Argentina. Pero en el Plata, virreinato muy tardío, no hubo un solo título de nobleza, y su organización social se hizo ya con otros supuestos. La frase se acomodó a la nueva estructura y pasó a significar "estar lleno de rencor, de ansia de venganza, enardecido por la cólera". Del hombre linajudo, atestado de enjundia de cristiano viejo y rezumante de orgullo por llevar a la espalda una larga serie de abuelos, hemos ido a desembocar en el malevo de los tangos y de la poesía gauchesca. La expresión deberá figurar en nuestros diccionarios pero precisando esta peregrinación.

Decíamos que la expresión en su sentido moderno no parece exclusivamente rioplatense porque las bases de datos de la Academia traen ejemplos de todo tipo (el CREA, por ejemplo, reparte sus siete ejemplos de 'sangre en el ojo' entre Argentina, España, México, Chile y Paraguay); el DRAE, además, anota la frase sin indicación dialectal. Pero eso no viene muy al caso.

¿Acertó otra vez el lector? Evalúese:

- 2 aciertos: Tiene excepcionales dotes para la investigación, estando provisto de fino ingenio, sólidos conocimientos y discreción en el uso de los materiales. Puede dedicarse a la indagación etimológica.

- 1 acierto: logrará resultados en base a tesón y estudio, bien guiado por una mano experta y apoyado en bibliografía confiable. Puede dedicarse a la indagación etimológica.

- ningún acierto: Carece de los requisitos mínimos para progresar en la investigación, no contando con el bagaje indispensable, la imaginación y el buen juicio para examinar la evidencia. Puede dedicarse a la indagación etimológica.

jueves, 25 de junio de 2009

Medidas drásticas

En nuestros artículos solemos deleitarnos rastreando las relaciones etimológicas ocultas entre las palabras. Es verdad que cuesta poco encontrar esas relaciones. Lo raro no es que una palabra tenga muchos parientes, sino que se halle completamente aislada.

Ese me pareció el caso de drástico. ¿De dónde viene este extraño vocablo, que no se parece a ningún otro? Actualmente goza de muy buena salud. En el lenguaje político y periodístico, por ejemplo, siempre hay ocasión de usarlo. Una nota de estos días, que recojo al azar, reza:
“Los economistas no prevén cambios drásticos para el 29 de junio, ni tampoco desbarranques o brusquedades” (Diario Clarín, 18 de junio)

Calificamos de drásticos a los ajustes, las medidas, las decisiones y los cambios que son enérgicos y radicales. Pero en realidad éste es un uso figurado, a partir del sentido mucho más concreto que tenía el término hasta el siglo pasado: se denominaba drástico a todo purgante de acción explosiva e inmediata.

Triglochin palustre. Euphorbia chamaesyce, é hipericifolia L. v. Yerbas de la golondrina, por el uso que hacen de la leche de todas ellas para consumir y limpiar las nubecillas de los ojos; tambien las usan los Indios para evacuar el vientre; pero es un purgante drástico y que debe tomarse con cautela
(Ruiz, Hipólito, Relación histórica del viaje a los reinos del Perú y Chile, c 1793)

¿Hablarían nuestros gobernantes con tanta desenvoltura de las “drásticas medidas” que están por tomar, si tuvieran presente este significado?
Las apariciones que he revisado de drástico en el siglo XIX, tanto en español como en ingles (drastic), hacen referencia a purgantes, y son textos de medicina. Infiero que lo mismo pasa en otros idiomas occidentales, ya que en ese campo del conocimiento tenemos un vocabulario común que entronca con una larga tradición de textos en latín. En francés drastique está registrado a partir de 1741, en ingles a partir de 1691.
Sigamos retrocediendo en el tiempo. Es curioso cómo a pesar de que el uso de la palabra muta, ésta sobrevive, y su significado más medular (“enérgico”) persiste.
Pasando por los naturalistas y médicos de todos los tiempos (de Lineo y von Martius hasta Galeno), llegamos a la antigüedad, y nos encontramos con la palabra griega δραστικός, que significa “enérgico”, “activo”. Diodorus Siculus (siglo I AC), por ejemplo, dice

Pero Agesilao, que era por naturaleza un hombre de acción, amaba la guerra y ansiaba dominar a los griegos.

ὁ δ᾽ Ἀγησίλαος, ὢν φύσει δραστικός, φιλοπόλεμος ἦν καὶ τῆς τῶν Ἑλλήνων δυναστείας ἀντείχετο.

Bibliotheca historica, Libro 15 cap 19

Drástico provenía del verbo dráo, que significaba “actuar”. El sustantivo Drasis en griego era “fuerza, eficacia, acción”.
¿Acaso este verbo nos ha dado más derivados? Veamos. Al preguntarle a ese hombrecito llamado Google por drasticus, me hace una curiosa sugerencia:
Aunque probablemente se base solo en una similitud ortográfica, lo cierto es que Google ha acertado al relacionar drástico con dramático. Porque otro derivado de drao era drastes =“actor”. Y de allí nos viene drama y dramático.
Así que finalmente le hemos encontrado al menos un pariente a drástico. Este “enérgico” adjetivo, que comenzó siendo aplicado a personas, luego a purgantes, y por último a conceptos abstractos, es el primo lejano del drama, otra palabra que ha prosperado en modo notable.
Espero fervientemente que este dato sea de provecho a los políticos de mi país, tan atentos al uso del lenguaje. Bajo su influjo podrán intercalar en sus discursos certeras expresiones como:
“La situación que hemos heredado es dramática, pero venimos cargados de proyectos y tomaremos medidas drásticas que nos sacarán rápidamente del estancamiento y extenderán sus beneficios como un manantial benéfico a todos los estratos de la sociedad”.
Frase que les cedo gratuitamente, y que les puede ser útil para comenzar a "sincerarse", como se dice ahora.

miércoles, 17 de junio de 2009

Aprenda castellano en una tarde

En los años setenta un equipo de lexicógrafos mexicanos recopiló textos escritos y orales pertenecientes a diversos registros representativos del español de México de la época. En total sumaron dos millones de ocurrencias de palabras. Los ingresaron pacientemente en una gran computadora y como resultado obtuvieron interesantes datos de estadística lexical. Supongo que fue uno de los primeros trabajos de ese tipo en nuestro idioma. Yo poseo casi desde aquel entonces un ejemplar del libro que publicaron*. Siempre me pareció un proyecto fascinante y faraónico (¡Pensar que hoy, con los textos online y el software que corre en nuestras laptops podemos replicar el experimento en unas horas!).

Entre los resultados más sorprendentes que arrojó ese estudio (los estudios similares llevados a cabo posteriormente llegan a conclusiones muy parecidas), citaré éste: las 74 palabras más frecuentes constituyen el 50% de todo lo que decimos y escribimos.

Es decir que si alguien necesita un curso acelerado de español, con estudiar tan sólo 74 palabras estará en condiciones de entender la mitad de todo lo que escuchará o leerá en nuestro idioma (es de suponer que otros idiomas pasa algo similar).

Tal vez igualmente sorprendente es que de ese 50 %, la mitad (el 25% del corpus original) consiste en la repetición de las mismas ¡nueve palabras!

¡Queridos amigos hurgapalabras! ¡Detengámonos un momento a pensar en lo que esto significa! Del aluvión de palabras que la humanidad proferiere y escribe, de los miles y millones de textos que aparecen en internet, que se emiten en radio y televisión, que quedan archivados en libros y cintas magnéticas, o que se supiran al oído en una noche estrellada, un cuarto consiste en la repetición de tan sólo nueve palabras.

Dejo a cargo de ustedes las reflexiones del caso. Me limitaré a transcribir la lista de las cien palabras estrellas de nuestro idioma.

Las primeras nueve palabras (25 % del corpus)

la
el
de
y
que
en
a
se
no


Las cien primeras:

la
el
de
y
que
en
a
se
no
ser
un
por
con
su
una
haber
para
al
estar
como
tener
le
hacer
ya
o
pero
decir
que
lo
me
más
poder
este
ir
lo

ver
dar
cuando
muy
yo
porque
el
mi
pues
la
así
ésta
todo
también
vez
nos
año
saber
sin
hasta
querer
deber
todo
aquí
uno
día
eso
qué
ella
sobre
bien
llegar
mas
donde
entre
ni
otra
entonces
esa
llevar
poner
parte
te
tiempo
dos
después
dejar
desde
hombre
ese
cada
venir
quedar
ahora
esto
pasar
nada
siempre
vida
casa
sólo
tomar
forma
trabajo

Para llegar al 75% del corpus debemos incluir 1130 palabras. Y el 100% contiene unas 63.000.

* Lara, Luis Fernando, et al. Investigaciones lingüísticas en lexicografía, México D.F., El Colegio de México, 1979

lunes, 8 de junio de 2009

Confusticate

En el primer capítulo de El Hobbit leemos una de esas palabras que parecen sacadas del arcón del altillo o del álbum de curiosidades de un coleccionista. El pobre Bilbo, abrumado por las exigencias de avituallamiento de los innumerables enanos que infestan su casa, exclama:
“Confusticate and bebother these dwarves!”
Cuando leí por primera vez a Tolkien quedé, como muchos, maravillado por su riquísima imaginación. La contratapa de la primera edición de El Señor de los Anillos en castellano citaba al respecto una enigmática declaración del autor: “La materia de mi humus, decía, es principal y evidentemente materia lingüística”. Al estudiar a Tolkien uno empieza a entender lo mucho que encierra esa frase.

Solemos explicar el importante papel que tiene el lenguaje en Tolkien recordando su doble condición de escritor y filólogo. En realidad, más que dos pasiones paralelas parece haber habido en él una única vocación, una pasión creadora por las lenguas y su historia, que no se plasmaba íntegramente ni en la profesión académica universitaria, ni en la adopción como escritor de los géneros literarios de su tiempo. Como resultado, nos deja la sensación de haber sido en ambas actividades un ser atípico, que no encajaba –como se acostumbra decir- en los moldes preestablecidos. Nunca dejó de ser como académico un creador, como creador un académico.

Entre las muchas manifestaciones de su amor por los lenguajes se cuenta el rescate de palabras olvidadas y oscuras. Muchos grandes escritores han cultivado ese arte, que los lectores sabemos apreciar y agradecer, en la medida que enriquece nuestro acervo expresivo; Tolkien lo emplea con mesura y rigor filológico, para sazonar su prosa y a veces para darle ese sabor de antigüedad “de mundo alternativo” que está buscando.
A propósito (o más o menos) leo en el prólogo de Roverandom, escrito por Christina Scull y Wayne G. Hammond:
El hecho de que Tolkien también incluya en Roverandom palabras como parafernalia, fosforescente, primordial y galimatías resulta refrescante en estos tiempos, cuando tales palabras se consideran “demasiado difíciles” para los niños, idea que con toda seguridad Tolkien no habría compartido. “Un buen vocabulario –escribió en abril de 1959- no se adquiere leyendo libros escritos de acuerdo al criterio que alguien tenga del vocabulario de determinado grupo de edad. Se adquiere leyendo libros que estén por encima de ese nivel” (Cartas de J.R.R. Tolkien, pag. 349).
No sólo los niños terminan agradeciendo la ampliación de su vocabulario. El adulto que se interesa medianamente en el lenguaje sabe que ese ampliarse no termina nunca.

La palabra a que quiero referirme en este caso es confusticate, que aparece luego dos veces más a lo largo del relato. La mayoría de los hablantes nativos de inglés que leen The Hobbit se encuentran con ella por primera vez. El libro The Lord of Words : Tolkien and the Oxford English Dictionary, de Gilliver, Marshall y Weiner, le dedica una entrada a la expresión.
Confusticate significa confundir(confound) y el OED cita esta frase de El Hobbit como su ejemplo más reciente. La palabra es –en efecto- una elaboración de confuse con un sufijo latino, como si un rústico poco educado o un escolar tratasen de impresionar con ella. La fuente más temprana del OED (el Slang Dictionary de Farmer, de 1891) parece equivocarse al considerarlo como americano, puesto que los archivos del OED tienen ahora un ejemplo tomado de una canción de la comedia de W. S. Gilbert Ruy Bias, de 1866, y el English Dialect Dictionary (1898) incluye una palabra similar, confuscate, como proveniente del sur de Lincolnshire.
En una vieja entrada de The Mavens' Word of the Day leemos que confusticate pertenece a una familia de pseudo-latinismos cómicos, en boga en el siglo XIX (cuando se estudiaba más latín en los colegios).
La version española de Minotauro de El Hobbit traduce así:
Fustigados y condenados enanos!
¿Qué relación hay entre confusticate y fustigados? En realidad, ninguna. Confusticate viene, como vimos, indistintamente de confound o confuse, que proceden del verbo latino fundere (“verter, derramar, derretir, fundir”). Fustigar, en cambio viene del sustantivo latino fustis-is (“vara, palo”), y significa “azotar con una vara”. ¿Por qué se eligió esa traducción?

Es muy posible que el traductor no tuviera a su alcance ningún diccionario inglés que incluyera confusticate y se viera forzado a hacer conjeturas. La conjetura parece haber sido que confusticate era un compuesto de con+ un hipotético verbo fusticate, relacionado con fustis. Pero el verbo latino derivado de fustis era fustigare, no fusticare, así que como conjetura ni siquiera era buena.

Además de desacertado etimológicamente, fustigados parece inadecuado como imprecación. Que yo sepa, jamás en castellano se ha usado ¡fustigado! para insultar o maldecir.

Sin embargo, la traducción logra un efecto interesante por lo pintoresco; su significado es claro mientras que su uso es extraño, no identificable ni con una época o región. A mí me ha quedado grabado en la memoria, y es precisamente el efecto que imagino producirá confusticate en los hablantes ingleses. Cuando traducimos literatura, estos efectos son a menudo más importantes que la fidelidad formal. A veces me pregunto cuánto le debe nuestro acervo literario a los “malos” traductores, es decir, a aquellos que por no encontrar el término exacto comenten errores o se dejan contaminar por modismos del idioma original, y así inauguran en nuestro lenguaje usos novedosos y a la postre enriquecedores. Tal vez los traductores super-profesionales y super-informados de hoy en día estén más esterilizados para ese tipo de aportes.

De todos modos, en adelante pensémoslo dos veces antes de excalamar: ¡Fustigados traductores!